Seguramente, ya hemos vivido días difíciles, en los que nuestros pasos, antes ligeros, se vuelven lentos y medidos, y el ceño fruncido refleja los paisajes del corazón.
En esos días, tenemos la impresión de que el aire se vuelve pesado y cortante, que el cielo es menos azul y que la risa y la espontaneidad han desaparecido de nuestras horas.
Son días de desafíos, que nos suceden a cualquiera de nosotros, ofreciéndonos el aprendizaje y la comprensión de que la vida es una escuela que nos brinda innumerables lecciones.
Algunas veces, esos días surgen de las dificultades económicas, cuando el dinero parece escasear, incluso para cubrir los gastos básicos del sostenimiento de la familia.
En otras ocasiones, los días sombríos aparecen lentamente, en la convivencia familiar cotidiana, en la figura del hijo difícil, que nos exige amor incondicional. O en el cónyuge exigente, que nos demanda paciencia y comprensión.
No pocas veces, son las pequeñas tareas las que, como pinchazos de aguja, van minando poco a poco nuestra disposición y nuestro esfuerzo por conducir bien la vida.
Esto le sucedió al apóstol de la caridad, Francisco Cândido Xavier. Estaba atravesando una etapa muy dura de su vida.
Los problemas familiares se acumulaban, la incomprensión de los demás se hacía intensa y todo ello llenaba su corazón de intranquilidad y amargura.
Un día, cuando los dolores se hicieron más intensos, recurrió a su mentor espiritual, Emmanuel, para hacerle una petición.
Humildemente, le preguntó si podría solicitar un consejo a María Santísima, la Madre de Jesús, para que, con Su corazón amoroso y maternal, pudiera ofrecerle orientación en un momento tan amargo de su vida.
Emmanuel le respondió que transmitiría su solicitud. Pasados algunos días, el venerable Espíritu regresó con la respuesta de María, Madre de Jesús.
Kiko tomó rápidamente una hoja en blanco y un lápiz, deseando anotarlo todo para no perder ninguno de los puntos que le fueran transmitidos y que debería tener presentes.
Sin embargo, solamente escuchó la concisa respuesta de la sabiduría maternal:
Kiko, María manda decirte lo siguiente: Todo pasa.
Y el sufrido médium acogió aquellas breves palabras, comprendiendo su profundo significado. Al fin y al cabo, todo pasa.
*
Así sucede con nosotros. Las tempestades de la vida son desafíos para el desarrollo de las virtudes. Nos exigen paciencia y comprensión, invitándonos a cultivar la fe.
Todos esos desafíos están bajo la mirada de Dios, que cuida atentamente de cada uno de nosotros, sabiendo cuáles son las mejores lecciones para sus hijos.
En el momento de la dificultad, cuando los dolores se intensifican, cuando las fuerzas parecen agotarse y cuando tenemos la certeza de que vamos a sucumbir, recordemos la orientación de la Madre Santísima: Todo pasa.
Los dolores y tormentos son lecciones para el alma que, al afrontarlos con valentía, comienza a comprender mejor las leyes de Dios y los designios de la vida, madurando sus valores.
Por más intensos que sean los desafíos de hoy, mañana se transformarán en recuerdos en la mente y en valores perennes en el corazón.
Redacción de Momento Espírita.
Traducido por el Grupo Momento Espírita de Colombia
El 29.10.2026