La piedad es la virtud que más nos acerca a los ángeles.
Pero ¿cómo comprenderla en profundidad y cómo ponerla en práctica?
Según el conocimiento superficial que se tiene de ella, la piedad, o la compasión, significa sufrir con alguien o con algo.
Y como naturalmente huimos del sufrimiento, la piedad puede parecernos incómoda muchas veces.
Sumemos a esto la indiferencia que todavía reina en los corazones humanos respecto a lo que le sucede al otro, y tendremos al hombre alejado de la piedad.
Sin embargo, al comprender mejor esta virtud, veremos que es extremadamente beneficiosa para nosotros y no significa que con ella traeremos más dolor a nuestros días.
Compartir el sufrimiento del otro no es aprobarlo, ni compartir sus razones, buenas o malas, para sufrir.
Es negarse a considerar un sufrimiento, cualquiera que sea, como un hecho indiferente, y a un ser vivo, cualquiera que sea, como una cosa.
La compasión o piedad es lo contrario de la crueldad, que se regocija con el sufrimiento del otro, y del egoísmo, que no se preocupa por él.
Es una actitud mental basada en el deseo de que los demás se liberen de su sufrimiento. Está asociada a un sentimiento de compromiso, de responsabilidad hacia el otro.
La verdadera compasión se basa en el razonamiento de que todo ser humano tiene el deseo innato de ser feliz y de superar el sufrimiento, exactamente como nosotros.
Y exactamente como nosotros, él tiene derecho a realizar esa aspiración fundamental.
En el proceso de conquista de esta virtud encontraremos la práctica de la empatía, que es el instrumento fundamental para alcanzar la piedad.
La empatía es la condición psicológica que permite a una persona sentir lo que sentiría si estuviera en la situación y las circunstancias experimentada por otra persona.
Esta técnica implica la capacidad de suspender, provisionalmente, la insistencia en el propio punto de vista, pero también de contemplar la situación desde la perspectiva del otro.
Es beneficiosa en todas las situaciones de la vida y, especialmente aquí, en el desarrollo de la piedad.
Al disponer de tal habilidad, podremos dejarnos envolver por el sufrimiento ajeno.
Y como esta virtud es hija del amor, siempre estaremos en su compañía, ese sufrir juntos no será desagradable para quien se compadece.
En ese instante estaremos actuando como mensajeros de Dios, consolando aflicciones y practicando la caridad en una de sus bellísimas formas.
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Dejad que vuestro corazón se enternezca ante el espectáculo de las miserias y los sufrimientos de vuestros semejantes.
Vuestras lágrimas son un bálsamo que derramáis sobre sus heridas y, cuando, por bondadosa simpatía, llegáis a proporcionarles esperanza y resignación, ¡qué encanto no experimentáis!
La piedad bien sentida es amor.
El amor es devoción. La devoción es el olvido de sí mismo, y ese olvido, esa abnegación en favor de los desdichados, es la virtud por excelencia, la que durante toda su vida practicó el divino Mesías y enseñó en su Doctrina tan santa y tan sublime.
Redacción de Momento Espírita, con base en el capítulo
A compaixão, del libro Pequeno tratado das grandes virtudes,
de André Comte Sponville, ed. Martins Fontes, y en el
ítem 17 del capítulo XIII del libro O Evangelho segundo o
Espiritismo, de Allan Kardec, ed. FEB.
Traducido por el Grupo Momento Espírita de Colombia
El 19.10.2026