La Copa del Mundo nos permitió contemplar escenas interesantes. Vimos a equipos participar por primera vez en una copa mundial y dar lo mejor de sí. Vimos a entrenadores emocionarse hasta las lágrimas ante el buen desempeño de sus jugadores.
Vimos las tribunas estallar en manifestaciones de alegría.
Sin embargo, fue en Times Square, en Nueva York, con sus luces vibrantes y sus enormes pantallas, donde pudimos contemplar el verdadero reflejo del alma de una nación.
En medio de la multitud, un bloque rojo de noruegos ocupó el espacio. No con desorden, no con el caos que tantas veces acompaña a las grandes multitudes, sino con el peso de la historia y la inconfundible levedad de la civilidad.
Al compás de un tambor acompasado, cientos de ellos se agachaban al unísono. El movimiento era uno solo: brazos extendidos hacia adelante, que luego recogían con fuerza hacia el pecho.
El fuerte grito que brotaba de sus gargantas era ¡Ro!, el antiguo mandato ancestral para remar.
Había en aquella coreografía espontánea una bellísima sincronía, casi reverencial. Era la demostración viva de que la verdadera fuerza de un pueblo no reside en el ruido desordenado, sino en su capacidad de actuar como un solo cuerpo, coordinado, consciente de sí mismo y del respeto por la mirada del otro.
Fue una profunda lección de educación, de pertenencia y de propósito.
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¿Qué hace que cientos de personas comprendan que, para que el barco avance, todos necesitan tirar del remo en la misma dirección? La respuesta reside en una única y poderosa palabra: educación.
Cuando una nación decide, con seriedad, invertir en la educación de sus hijos, no está solamente transmitiendo contenidos académicos o preparando mano de obra. Está puliendo el espíritu humano.
Está forjando el carácter de sus futuros constructores. Está enseñando que el espacio público es sagrado, que el derecho de un individuo se armoniza con el deber hacia el prójimo y que el éxito de toda la comunidad depende del esfuerzo conjunto.
Un pueblo educado comprende que la patria no es un simple pedazo de tierra delimitado por fronteras geográficas.
Es un barco inmenso que alberga a todos. Si algunos reman en contra, o se niegan a remar por indiferencia, el barco gira sin avanzar y la tempestad amenaza a todos.
Cuando la instrucción del intelecto se une a la nobleza de los sentimientos, se forman verdaderos ciudadanos.
Ciudadanos que no esperan de brazos cruzados que el país resuelva todos sus problemas, sino que se levantan con la férrea voluntad de trabajar juntos.
Que sienten orgullo de hacer lo mejor posible, no para su propia gloria, sino para dejar un legado de luz, de orden y de progreso a las generaciones venideras.
La verdadera riqueza de un pueblo camina por sus calles, se sienta en los bancos escolares y se revela en la civilidad de sus gestos cotidianos.
Pensemos en ello.
Que podamos, en nuestros hogares y en nuestras escuelas, en las pequeñas y grandes actitudes de cada día, aprender a remar juntos.
Así, impulsados por la cadencia del bien común, haremos que el barco de nuestra nación navegue seguro rumbo al puerto de un futuro más justo, próspero y feliz.
Redacción de Momento Espírita, con base en el artículo
O eco de duas margens, de Markus Gabriel, del 6.0.2026.
Traducido por el Grupo Momento Espírita de Colombia
El 28.9.2026