Cuando leemos la parábola del buen samaritano, narrada por Jesús, es común que imaginemos aquel antiguo y polvoriento camino que descendía de Jerusalén a Jericó.
Imaginamos al hombre caído, despojado y herido por los asaltantes, esperando algún tipo de auxilio al borde del camino.
Sin embargo, si miramos a nuestro alrededor, percibiremos que ese camino es mucho más actual de lo que parece.
Éste, atraviesa nuestras ciudades, pasa por nuestros lugares de trabajo y, muchas veces, cruza los pasillos de nuestra propia casa.
El Espíritu Emmanuel, con su profunda sensibilidad, nos recuerda que hoy, en los caminos del mundo moderno, encontramos a aquellos a quienes él llama los semimuertos del alma.
Éstos, no están sangrando por las heridas del cuerpo físico, pero cargan heridas invisibles que duelen profundamente y les roban la alegría de vivir.
¿Quiénes son? Son los caídos bajo los golpes de la incomprensión y de la intolerancia, en una sociedad cada vez más exigente.
Son los desorientados a quienes el ateísmo y el materialismo empujaron hacia la niebla de un sufrimiento sin sentido.
Son los mutilados de la mente, que fueron atropellados por la calumnia y la maledicencia en plena labor edificante.
Son los cansados de la soledad, que caminan en medio de la multitud, rodeados de personas, pero sintiéndose completamente invisibles y abandonados.
Son aquellos que se enredaron en las espinas de la rebeldía, son las víctimas del profundo desánimo, los prisioneros de la obsesión, los envenenados por la desesperación y los olvidados en la sombra de la ignorancia.
¿Cuántas veces nosotros mismos pasamos junto a ellos como los indiferentes de la parábola?
Con nuestra prisa, con los ojos fijos en las pantallas de nuestros celulares o en nuestros compromisos impostergables, simplemente seguimos de largo.
Nos decimos a nosotros mismos que no tenemos tiempo, que no queremos involucrarnos o que el problema pertenece exclusivamente al otro.
Sin embargo, Jesús nos invita, con la dulzura de siempre, a ser los samaritanos del camino.
El samaritano es aquel que interrumpe su propio viaje, renuncia a su tiempo y a sus intereses, porque el amor y la compasión hablan con más fuerza a su corazón.
Es aquel que se acerca al hermano caído y derrama el aceite del cariño y el vino de la esperanza sobre sus heridas.
Ese aceite y ese vino pueden traducirse en un abrazo prolongado, en una palabra de estímulo, en un buenos días sincero y cálido, o simplemente en el silencio respetuoso de quien se sienta al lado y ofrece una escucha atenta, sin exigencias ni juicios.
Pensemos en ello. Somos Espíritus inmortales, realizando un breve viaje educativo por la escuela y taller del planeta.
La Tierra es tan solo una posada a la que llegamos ayer y de la cual partiremos mañana por la mañana.
Al término de esta jornada, llevaremos con nosotros únicamente aquello que aprendimos y el amor que sembramos.
No dejemos que nuestro hermano continúe caído en el camino de la vida. Seamos la mano tendida, devolviendo a la luz y a la esperanza a aquellos que el mundo, en su indiferencia, dejó semimuertos.
Redacción de Momento Espírita, con base en el cap. 13
del libro Nós por el Espíritu Emmanuel, psicografía de
Francisco Cândido Xavier, ed. FEB, y en el Evangelio
de Lucas, cap. 10, versículos 25 a 37.
Traducido por el Grupo Momento Espírita de Colombia
El 22.9.2026