A veces, al posar la mirada sobre nosotros mismos o sobre el prójimo, permitimos que una severidad implacable empañe nuestra visión.
Juzgamos con la inmediatez de la carne, midiendo la eternidad por el tamaño de las imperfecciones de hoy. ¿Será que el buen Maestro de Nazaret contempla de esa manera a la humanidad, todavía tan ignorante, con tantos defectos?
Él, puro por excelencia, no se sirve de las frías lentes del juicio. Donde el mundo señala criaturas frágiles y caídas, Su mirada identifica seres que le fueron confiados por la Divinidad para su correcta conducción.
Donde nuestro orgullo ve solamente ignorancia, Jesús acoge corazones sedientos de rumbo, almas que avanzan a tientas en la penumbra, anhelando liberarse del lodo que las mantiene sujetas al suelo.
Para Él, nuestro Hermano Mayor, todavía conservamos la fragilidad de niños inmaduros. Nuestros pasos vacilantes y rebeldías pasajeras claman por el amparo constante y por Su tierno cuidado.
Esa delicadeza compasiva moldeó cada paso de Su trayectoria terrenal.
Mientras los hombres veían en el pesebre apenas un rincón rústico y olvidado para los animales, Jesús presentó Su propia presencia cobijada en la sencillez de la naturaleza. Transformó la paja en un poema de excelsa belleza.
Su mirada siempre vio lo que permanecía oculto en las profundidades del alma.
A la mujer de Magdala, cruelmente señalada por la sociedad como alguien sin valor y prisionera de sombras espirituales, Él le dirigió una mirada que atravesó las apariencias.
Comprendió la agonía que sangraba en aquel pecho femenino y, envolviéndola en sublime amor, la transformó en la primera y radiante mensajera de la resurrección.
Cuando los ojos del mundo veían en Simón Pedro apenas al pescador rudo, Jesús vislumbró el reflejo de Dios palpitando en su espíritu atribulado. Pulió a aquel hombre hasta convertirlo en la roca inquebrantable de la fe cristiana a través de los siglos.
Y, mientras el mundo veía solamente la densa niebla de la traición, la ternura de la mirada del Maestro no se alteró. Mientras condenamos a Judas como un negociante de sombrías intenciones, Él vio el alma de un compañero que, por falta de vigilancia, se había desequilibrado.
Le tendió Sus brazos amorosos y fue en su busca, después de su dolorosa deserción, invitándolo a reparar sus faltas.
Ante Saulo de Tarso, el perseguidor feroz y orgulloso, Cristo salió a su encuentro en el camino de Damasco para recordarle su noble misión: convertirse en embajador de la Buena Nueva.
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Inspirados por la estela luminosa de Jesús, aprendamos a percibir que, aun en el fondo del pantano denso y oscuro, nacen los lirios blancos y perfumados para exhalar, triunfantes, la gloria de Dios.
Aprendamos que la maldad y el error son apenas espinos y lodos provisionales que recubren exteriormente el suelo sagrado del alma.
Somos hijos de la luz, creados para manifestar la sublime luz que se alberga en nuestro interior. Florezcamos en luz.
Aprendamos a servirnos de los ojos de Jesús para mirar a cada uno de nuestros hermanos y a nosotros mismos.
Nos encontramos aquí para aprender, servir, amparar y amar. Colocados unos junto a otros, démonos las manos y marchemos hacia lo Alto, conquistando virtudes, convirtiéndonos cada día en una luz más brillante.
Redacción de Momento Espírita, con base en el cap. 11
del libro Religião dos Espíritos, por el Espíritu Emmanuel
psicografía de Francisco Cândido Xavier, ed. FEB.
Traducido por el Grupo Momento Espírita de Colombia
El 16.9.2026