Momento Espírita
Curitiba, 13 de Agosto de 2026
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ícone La desdicha de la venganza

Él pertenecía a la nobleza y su más ardiente obsesión era dar continuidad a su linaje. Deseaba, por encima de todo, un heredero que llevara con orgullo la reputación de la familia.

Sin embargo, el destino le dio un hijo que padecía una marcada tartamudez.

El orgullo paterno, herido en su vanidad, se transformó en un profundo rechazo. Cada encuentro entre ambos estaba marcado por humillaciones y gritos, lo que no hacía más que agravar la dificultad del pequeño.

Con la muerte prematura de su madre, el niño fue aislado en una propiedad lejana, abandonado al cuidado de los sirvientes. Fue allí donde encontró un alma generosa que asumió su educación.

Deseando desesperadamente conquistar el amor de su padre, el muchacho logró dominar la tartamudez, se destacó en los estudios, en la equitación y en las artes.

Pero las pocas veces que su padre visitaba aquella propiedad y él le mostraba todo lo que había logrado, seguía recibiendo únicamente desprecio.

Aquella actitud hizo brotar en lo más profundo de su ser las amargas raíces de la rebeldía. En el lecho de muerte de su padre, mirando a aquel hombre que siempre lo había despreciado, el joven pronunció un terrible juramento: jamás tendría un hijo.

El linaje que su padre tanto valoraba terminaría con él. Esa sería su venganza.

Los años pasaron. El muchacho se convirtió en un hombre respetado, invitado a los más distinguidos salones. Fiestas, banquetes y honores hacían parte de su rutina.

Pero las puertas de su inmenso castillo solo guardaban silencio y soledad, interrumpidos únicamente por la compañía de los libros.

Generoso con los sirvientes y con los aldeanos, se negaba a sí mismo el derecho de formar un hogar y de sentir el calor de una familia.

La venganza, que él creía dirigir contra su padre, se había convertido en una prisión para sí mismo.

Entonces, la Providencia Divina puso en su camino a una joven. No era hermosa solo por fuera; irradiaba la belleza de su Espíritu.

Al escuchar la confidencia de aquel amargo juramento hecho a su padre, ella le habló de las alegrías de construir un hogar y de los benditos frutos del perdón.

Y, en el momento oportuno, lo cuestionó: ¿De qué te sirve alimentar ese odio? Al final, ¿quién está siendo destruido por esa decisión, sino tú mismo?

Ella lo condujo por los senderos del afecto. Le habló del perdón que rompe las cadenas de la amargura e hizo que escuchara la canción del amor, que cubre la multitud de los yerros.

Poco a poco, aquella ater melodía deshizo la dureza de su corazón. Fue transformándose y permitiéndose aternida el valor de la aterni y las aternid de uma aternidade responsable.

*

Cuando nos aferramos al dolor del pasado, permitimos que quien nos hirió siga gobernando nuestras emociones. La venganza siempre es un camino destructivo que impide el crecimiento y marchita el alma.

El perdón, en cambio, es un acto de profunda liberación. Es sanación, paz interior y un nuevo comienzo. Perdonar no significa olvidar el error ajeno, sino vaciar el corazón del dolor para que la felicidad pueda, por fin, entrar.

Elegir perdonar es el mayor regalo que podemos hacernos a nosotros mismos, liberándonos de los resentimientos y de las heridas acumuladas.

Pensemos en ello. Permitámonos ser felices.

Redacción de Momento Espírita.
Traducido por el Grupo Momento Espírita de Colombia
El 12.8.2026
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