Muchas veces contemplamos el cielo estrellado o la belleza de una flor y nos preguntamos dónde estará Dios.
Así como no vemos fuerzas cuya existencia conocemos, como la gravedad y el magnetismo, tampoco podemos verLo con nuestros ojos físicos, pues nuestra visión es muy limitada.
Nuestras imperfecciones actúan como una neblina que oscurece nuestra mirada y nos impide contemplarLo en toda Su grandeza.
Sin embargo, la existencia de ese Padre infinitamente amoroso puede demostrarse mediante un principio lógico e incontestable: no hay efecto sin causa.
Todo efecto inteligente debe proceder de una causa inteligente. Si encontramos un reloj con su ingenioso mecanismo, sabemos que fue fabricado por alguien y no por obra del azar.
O un smartphone, con todas sus aplicaciones, su pantalla táctil y sus complejos microchips. Sabemos que fue diseñado por especialistas, desarrollado por ingenieros y ensamblado con precisión. Jamás pensaríamos que es el resultado de un accidente de la naturaleza.
Del mismo modo, el orden, la sabiduría y la armonía que gobiernan las obras de la naturaleza superan con creces la más extraordinaria inteligencia humana.
El cuerpo humano es una obra mucho más compleja que cualquier supercomputadora que el hombre haya construido o siquiera imaginado construir.
Así es como, utilizando este principio lógico, llegamos a la causa primera de todo aquello que sabemos que no fue hecho por el ser humano.
Esa causa primera de todas las cosas, que dirige las fuerzas del universo con una Inteligencia Superior, es a la que llamamos Dios.
Él es la Inteligencia Suprema. Único, Eterno e Inmutable, que garantiza la estabilidad de todas las leyes que rigen el universo.
Ante tanta grandeza, quizás nos preguntemos: ¿Cómo puede Dios, siendo tan inmenso, ocuparse de nuestros pequeños problemas y de nuestros pensamientos cotidianos?
La respuesta es que toda la naturaleza se encuentra inmersa en Su fluido divino.
Y como ese fluido está presente en todas partes, todo queda sometido a la acción inteligente, a la providencia y al cuidado de Dios.
Eso significa que nunca estamos solos, pues todos permanecemos en una relación constante con nuestro Creador.
Si profundizamos en nuestra esencia, si examinamos nuestro mundo interior, encontraremos un sentimiento poderoso que identifica la presencia de Dios en nosotros.
Todos llevamos ese sentimiento de forma innata. Algunos aprendemos a negarLo o incluso a bloquear cualquier contacto con Él. Aun así, Él permanece allí.
El sentimiento de una Fuerza Superior, de un Creador, siempre ha existido en todos nosotros. Basta observar a los pueblos más primitivos. ¿Por qué será? Porque forma parte de la naturaleza del Espíritu buscar su propia esencia.
Seamos, pues, humildes y aceptemos que no conocemos todas las cosas. Si aún nos faltan respuestas o la capacidad para comprender ciertos fenómenos, esperemos con serenidad y disposición.
Muchos de nosotros ni siquiera sabemos cómo funciona el mecanismo de un reloj analógico o de un smartphone. Entonces, para comprender plenamente todo lo relacionado con Dios, todavía nos queda un largo camino por recorrer.
Redacción de Momento Espírita.
Traducido por el Grupo Momento Espírita de Colombia
El 10.8.2026