La Tierra estaba sin forma y vacía. Las tinieblas cubrían la faz del abismo y el Espíritu de Dios flotaba sobre las aguas.
Así comienza el libro bíblico del Génesis, resumiendo en poesía el estado de nuestro planeta antes de llegar a ser lo que es.
Entonces, Dios separó las aguas del elemento árido. Hizo las aves del cielo, los anfibios y los reptiles.
En el sexto día, hizo al ser humano, que también salió del agua. ¿Por qué? Porque fue hecho del barro, que, a su vez, había salido del agua.
La vida orgánica comenzó en las aguas. Nacer del agua significa nacer en la vida orgánica. Nuestro cuerpo físico es un cuerpo de agua que, en la edad adulta, posee cerca del sesenta y cinco al setenta por ciento de agua.
Nacer del agua es, por lo tanto, nacer en el cuerpo.
Y, cuando reestructuramos nuestra vida moral, nos acercamos a Cristo. Ésto es nacer del Espíritu.
Nacer del agua no es condición suficiente. Es necesario nacer del agua y del Espíritu, según Jesús.
Así, no basta estar encarnado. Es necesario darle a la encarnación un buen desempeño, desarrollar lo mejor de nosotros.
Si estamos en la Tierra con el deber de perfeccionarnos, ¿qué estamos esperando?
No estamos prohibidos de comer, beber, enamorarnos, casarnos, tener hijos, disfrutar, jugar fútbol, competir o ser campeones.
Pero, mientras disfrutamos de esas prerrogativas, ¿qué estamos almacenando para el alma inmortal?
Todo lo que hagamos debe tener como finalidad nuestra felicidad, nuestro progreso y nuestra evolución.
Por eso, es necesario vivir con seriedad. Saber que estamos en la Tierra como quien se encuentra en una escuela, donde existe el momento del recreo, aunque la mayor parte del tiempo esté destinada al aprendizaje.
El recreo es un deleite para refrescar la mente y el alma.
Para eso, la Divinidad pone a nuestra disposición este planeta bellísimo, lleno de picos como dedos de piedra levantados hacia los cielos para el descanso de las águilas; esos mares bravíos que se lanzan contra los arrecifes, formando alfombras de espuma.
Por el amor de Dios, tenemos la Tierra cubierta por este techo de estrellas, iluminada por el reflector que refleja la luz del sol y que llamamos Selene, nuestro satélite lunar.
La Tierra es un planeta de primaveras benditas, que la transforman en un gigantesco jardín.
Un mundo maravilloso en el cual todas las cosas obedecen la voluntad de Dios. Las aves, desde las golondrinas hasta las águilas, continúan volando, cantando sus cantos y batiendo sus alas, cruzando los cielos del mundo.
Las estaciones se suceden disciplinadamente, una vez al año, cada una con sus propias características. Y tenemos las brisas suaves, los vientos que soplan desde las montañas y refrescan los valles.
Un planeta recortado por arterias llamadas ríos, que van a encontrarse con el mar.
Todo bajo los cuidados de la Divinidad.
*
Pensemos:
Es necesario comprender a Jesús en la soledad de nuestras reflexiones: ¿En qué parte nos está faltando este Maestro?
¿Dónde estamos sintiendo la ausencia de aquella Voz suave de Galilea, de aquellas aguas tranquilas de Genesaret?
¿Dónde está faltando Cristo en nosotros, para que podamos entronizarLo en nuestro corazón?
Redacción de Momento Espírita, a partir del cortometraje
O mundo em que vivemos e o Espiritismo, de Raul Teixeira,
disponible en @canalfep.
Traducido por el Grupo Momento Espírita de Colombia
El 10.8.2026