Pasamos buena parte de la vida cuidando la casa donde vivimos. Limpiamos, organizamos, cambiamos muebles, reparamos lo que se daña.
Nos preocupamos por la apariencia, por la comodidad, por aquello que los demás ven cuando entran. Es natural. La casa externa alberga el cuerpo y la rutina.
Pero existe otra casa. Silenciosa, invisible, que muchas veces dejamos en segundo plano: nuestra casa interior.
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Cierto día, una mujer supo que recibiría una visita. Se trataba de una persona de su círculo de relaciones, a quien no veía desde hacía mucho tiempo. Las actividades profesionales en diferentes ciudades las habían distanciado.
Durante los días siguientes, limpió cada rincón de la casa. Abrió las ventanas, retiró el polvo acumulado, organizó todo lo que estaba fuera de lugar.
Preparó la mejor habitación, eligió flores sencillas, pero cuidadosamente arregladas. Quería que todo estuviera listo.
Sin embargo, la noche anterior a la llegada de la visita, al sentarse en silencio, percibió algo inquietante: había preparado la casa, pero no el corazón.
Dentro de sí guardaba resentimientos, antiguas heridas, palabras que necesitaba perdonar. La casa estaba limpia; el alma, no.
Esa reflexión la llevó a recordar el pasaje evangélico en el que Jesús visita la casa de Marta y María. Mientras Marta se ocupaba de muchas tareas, María eligió sentarse a los pies del Maestro.
Y Jesús, con ternura, advirtió a la hermana envuelta en innumerables que haceres:
Marta, estás afanada y preocupada por muchas cosas; pero una sola es necesaria. María ha escogido la mejor parte, y no le será quitada.
Una suave invitación a comprender que, más que preparar el ambiente exterior, es esencial cuidar nuestro interior.
Es observar nuestros pensamientos, sentimientos y actitudes. La reforma íntima no ocurre de una sola vez, como una gran obra, sino poco a poco: retirando excesos, reparando grietas, iluminando habitaciones olvidadas del alma.
Organizar la casa interior es descubrir dónde se anidan el orgullo, la impaciencia y el egoísmo. Es sustituir el desorden de la prisa por la serenidad de la fe.
Es crear espacio para la humildad, el perdón y la paciencia. Es comprender que amar no es solamente un ideal elevado, sino una práctica cotidiana que reorganiza nuestro mundo íntimo.
¿Cuántas horas empleamos limpiando la casa exterior? ¿Y cuánto tiempo dedicamos a la casa interior?
Acoger al Cristo en nosotros es permitir que Sus enseñanzas transformen el ambiente de nuestro corazón. Donde antes habitaba la dureza, que Él encuentre mansedumbre.
Donde había resentimiento, que encuentre disposición para recomenzar. Donde había sombras, que encuentre luz. Porque cuando el amor pasa a habitar en nosotros, todo comienza, silenciosamente, a iluminarse.
Cuando cuidamos nuestra casa interior, todo a nuestro alrededor también se transforma. Las relaciones se vuelven más armoniosas. Los dolores encuentran sentido. La vida adquiere dirección.
Tengamos presente, entonces, que no basta con preparar el lugar donde vivimos. Es necesario preparar el ser que somos. Y abrir, todos los días, la puerta del corazón para que el Cristo haga morada en nosotros.
Y, poco a poco, transformar nuestra propia alma en un hogar de paz, donde el bien encuentre espacio para permanecer.
Reflexionemos sobre ello.
Redacción de Momento Espírita, con cita del
Evangelio de Lucas, capítulo 10, versículos 41 y 42.
Traducido por el Grupo Momento Espírita de Colombia
El 10.8.2026