Muchas veces en nuestras oraciones silenciosas o en el recogimiento del hogar, elevamos nuestro pensamiento a Dios con una petición recurrente: la salud.
Es común decir que, si el Creador nos concede el bienestar del cuerpo, todo lo demás podremos resolverlo nosotros mismos.
Si somos bendecidos con la salud física, creemos que podremos trabajar honradamente para nuestro sustento, estudiar para iluminar nuestra inteligencia y guiar a nuestros hijos por los caminos del bien.
Es un discurso bonito y, en su esencia, sincero. Sin embargo, nos corresponde preguntarnos si existe coherencia entre lo que pedimos y nuestra manera de actuar.
Con frecuencia, rogamos por la salud mientras agredimos nuestro organismo con excesos en la alimentación o nos entregamos a vicios, como el tabaco, con sus decenas de sustancias nocivas.
Pedimos la bendición del equilibrio mientras nos permitimos el consumo de bebidas alcohólicas que, naturalmente, terminarán por desequilibrarnos física y emocionalmente.
No pocas veces creamos problemas que terminan afectando el ambiente del hogar y perjudicando a quienes amamos, simplemente por falta de dominio sobre nuestras emociones.
Nuestro cuerpo físico es nuestro valioso instrumento de trabajo en esta escuela terrenal. Más que eso, es una obra maestra de la ingeniería divina, concedida en préstamo para que podamos elevarnos hacia la luz.
Cuando lo perjudicamos, provocamos trastornos que pueden ser pasajeros o convertirse en enfermedades persistentes.
Del mismo modo, es habitual que pidamos paz. Y Dios, en Su infinita bondad, siempre nos la concede. Sin embargo, conservar esa paz en nuestro interior es una tarea que nos corresponde a nosotros.
La paz no es un estado estático que recibimos desde afuera, sino una construcción diaria que exige controlar nuestras reacciones impulsivas y disciplinarnos para no actuar sin reflexionar.
También exige cuidar nuestras palabras agresivas que, una vez pronunciadas, siembran desarmonía en nuestro camino.
Así como toda acción produce una reacción de igual intensidad, en la misma dirección y en sentido contrario, si sembramos ofensas, tarde o temprano recogeremos frutos amargos, reflejo de nuestra propia siembra.
Jesús, el Maestro por excelencia, nos enseñó que quien no es fiel en lo poco tampoco podrá ser fiel en lo mucho.
Vale la pena preguntarnos cómo podremos administrar nuestro destino si descuidamos el cuidado de nuestro cuerpo, de nuestras actitudes y de nuestras acciones más sencillas.
Es indispensable corregir el rumbo. Necesitamos liberarnos de todo aquello que es superfluo, de todo lo que no favorece nuestro bienestar.
Antes de dejarnos vencer por hábitos destructivos o por actitudes que destruyen nuestra paz interior, conviene preguntarnos: ¿Para qué me sirve esto?
Cuando procuramos lo mejor para nosotros mismos mediante la disciplina y el autocontrol, nuestra oración adquiere una nueva fuerza.
Entonces, cuando pidamos salud, equilibrio y paz, la respuesta será el suave abrazo de la Divinidad, fortaleciendo y consolidando todo aquello que, con esfuerzo y dedicación, ya estamos cultivando dentro de nosotros.
Y seremos, en la Tierra, el reflejo de un Espíritu que comprendió que vivir con equilibrio es la forma más hermosa de decir: Gracias Señor, por el don de la vida.
Redacción de Momento Espírita, con base
en el cortometraje Por que somos incoerentes?,
de Raul Teixeira, disponible en @canalfep.
Traducido por el Grupo Momento Espírita de Colombia
tEl 10.8.2026