Una criatura maravillosa.
Huérfano desde los nueve años, pasó a vivir con familiares, peregrinando de casa en casa.
Precisamente con la tía menos querida por todos fue con quien permaneció más tiempo.
Muy apegada a cuestiones religiosas, hasta el punto del fanatismo, obligó al niño a seguir la doctrina a la que ella profesaba un fervor extremo, recurriendo a amenazas de toda clase.
El muchacho no lograba comprender cómo Dios, siendo un Padre, podía castigar a Sus hijos de la manera en que su tía le describía.
Cansado de no tener un hogar propio y de sentir que vivía en casa ajena, como alguien que causaba dificultades, un buen día dejó todo atrás y partió.
Conoció de todo a lo largo de los caminos que recorrió. Luchas, frío, hambre, pero también aprendió muchas cosas buenas y numerosos oficios.
Ya adulto, llegó a un rincón del estado de Paraná (Brasil), donde quedó cautivado por el amor.
Ella era hermosa y pertenecía a una familia muy rica, una verdadera princesa.
Pero nada lo desanimó. Después de muchas dificultades con la familia de ella, que se oponía a la unión de un hombre sin raíces con el tesoro que representaba su hija, finalmente logró realizar su propósito.
El amor era recíproco. Y ella compartió con él la pobreza, las dificultades y una familia numerosa: diez hijos en total.
Cierta vez, por medio de un amigo, él recibió un libro. Su título era sugestivo: El cielo y el infierno, de Allan Kardec.
Los conceptos de su infancia volvieron a su memoria. ¿Qué contendría aquel libro?
La primera lectura le reveló un mundo nuevo, libre de prejuicios y de amenazas.
Desde entonces, comenzó a ver la vida con otros ojos.
Buscó otras lecturas sobre el mismo tema y se convirtió en un defensor de las ideas que señalan una vida plena, tanto en este mundo como después de la muerte.
Al principio, aquellas ideas asustaron un poco a su princesa. Sin embargo, la explicación racional hizo que poco a poco también simpatizara con ellas.
Dentro de esa nueva filosofía de vida educó a sus hijos.
Se preocupó de que todos asistieran a la escuela, preparándolos para la vida.
Cuando los años fueron pasando, comenzó a pensar en el legado que debía dejar a sus hijos y les dijo:
Hijos míos, no tengo dinero para dejarles como herencia.
Sin embargo, deseo dejarles la lección de la honestidad, del trabajo honrado. También la del estudio permanente y las enseñanzas de la moral de Cristo.
El conocimiento en la mente y el amor de Cristo en el corazón serán mi bendita herencia para cada uno de ustedes.
*
El tiempo siguió su curso y los años pasaron. Hoy, todos los hijos de aquel dedicado padre son adeptos de la Doctrina que él les legó con su enseñanza y, sobre todo, con su ejemplo.
Todos cursaron estudios universitarios y de posgrado en distintas áreas.
Hoy poseen todo aquello que él jamás tuvo, aunque sabía más que la mayoría de las personas de su época, pues era un lector incansable.
Hoy, veintiún nietos y varios bisnietos continúan ese mismo camino de estudio y trabajo, guiados por los firmes principios de la moral de Cristo.
¡Qué criatura tan maravillosa era mi padre! Un hombre de visión y de determinación. Un sembrador de muchas vidas. Un verdadero cultivador del saber.
Redacción de Momento Espírita.
Traducido por el Grupo Momento Espírita de Colombia
El 10.8.2026