Momento Espírita
Curitiba, 13 de Agosto de 2026
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ícone El destino de las naciones

Muchas veces, al contemplar el escenario convulsionado del mundo, nos invade una sensación de impotencia.

Nos preguntamos cuál es el rumbo de las civilizaciones,  la actitud de los gobernantes y hacia dónde se dirige la humanidad. Nos parece que las buenas costumbres están a la deriva, que predominan el egoísmo y la búsqueda del propio placer.

En esa observación, olvidamos que los grandes árboles de las naciones hunden sus raíces en un suelo muy particular, generalmente silencioso e invisible: el seno de la familia.

Es entre las paredes del hogar donde se traza el destino de los pueblos. Quienes hoy gobiernan las naciones, firman decretos y conducen la economía, alguna vez fueron niños.

No nacieron en despachos gubernamentales. Crecieron en el seno de la familia, absorbiendo valores, observando conductas y forjando su carácter a través del ejemplo de sus padres.

Sus decisiones actuales llevan el peso de las directrices recibidas durante los años de convivencia familiar. Como afirmó el sacerdote francés Henri Lacordaire:

La sociedad no es más que el desarrollo de la familia. Si el hombre sale de la familia corrompido, corrupto estará para la sociedad.

El hogar es el gran crisol del alma. Es allí donde se forma el profesional de cualquier área, desde el obrero hasta el magistrado.

Desde el hombre de letras hasta quien limpia las calles o mantiene el orden y la limpieza de los hogares.

Desde el comerciante hasta el industrial, desde el empresario hasta el subordinado de la categoría más sencilla.

Es la familia la que traza el camino que recorrerán sus miembros. Por esa razón, cultivar las virtudes dentro del hogar no es solamente un deber moral, sino una urgente necesidad social. Es la célula básica que sostiene todo el organismo de la humanidad.

En las decisiones que cada persona toma a lo largo de su vida pesan las enseñanzas recibidas durante la formación del carácter. Si esas enseñanzas fueron de irrespeto por la vida, de supremacía de la fuerza bruta, de egoísmo o de prejuicios, esas serán sus brújulas.

Pero, si el terreno fue fértil en honestidad, fraternidad y valoración de la vida, esas virtudes servirán de fundamento para sus decisiones futuras.

La construcción de un mundo mejor no ocurre por decreto, sino por las enseñanzas transmitidas alrededor de la mesa durante la cena, al compartir el pan, en el diálogo antes de dormir y en el ejemplo de rectitud dado por los padres.

No se construye un edificio comenzando por el techo. Se comienza por los cimientos. Y la base de toda civilización es el hogar.

De esta manera, si no deseamos más guerras, corrupción ni violencia, debemos cimentar nuestros hogares sobre los pilares de la paz.

No habrá un país moralizado sin ciudadanos moralizados. No habrá naciones honradas sin hombres honrados que las integren.

La moral, aprendemos, es la regla del buen proceder.

Existen valores que no pueden ser olvidados: la justicia, el amor y la caridad. Jesús los vivió y los enseñó, resumiéndolos de manera magistral: Amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a sí mismo.

He ahí nuestro gran desafío para la construcción de una nación de bien.

Pensemos: Es, en gran medida, en el seno de las familias donde se prepara el destino de las naciones.

Comencemos desde ahora a sembrar la paz que deseamos cosechar para nuestro propio mañana.

Redacción de Momento Espírita, con frases del papa León XII
I y de Henri Lacordaire, del libro
La sabiduría de los tiempos,
 ed. Centro de Estudios Vida y Conciencia.
Traducido por el Grupo Momento Espírita de Colombia
El 28.7.2026

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