Era el comienzo de la tarde de un día soleado. Después de almorzar, Ana regresaba caminando a su trabajo, como lo hacía todos los días, atravesando una plaza.
Hacía algunos meses que la alcaldía había instalado, en una de las esquinas de la plaza, recipientes para residuos reciclables, con diferentes colores y rótulos para metal, plástico, papel y vidrio.
Ana, que había considerado excelente la iniciativa, acostumbraba observar, al pasar por allí, cómo las personas utilizaban los recipientes.
Para su tristeza, era común que los transeúntes depositaran los residuos sin prestar atención y, con frecuencia, de manera incorrecta, aunque nunca había tenido el valor de llamar la atención a nadie.
Eso le causaba cierta indignación, y solía pensar que las personas, en general, no se preocupan por la naturaleza.
Acostumbrada, desde niña, a separar los residuos reciclables, no admitía ese descuido en su hogar. Después de todo, pensaba ella, tenemos un compromiso con nuestro planeta.
Ese día, al acercarse a la esquina de la plaza, observó a una niña de no más de seis años que sostenía una lata de metal en una mano y, con la otra, sujetaba la mano de su madre, que caminaba apresuradamente.
La niña soltó la mano de su madre y se detuvo frente a los recipientes, esforzándose por leer los rótulos. La madre avanzó unos pasos más, se detuvo y llamó a su hija.
La niña respondió que necesitaba tirar la lata en el lugar correcto, a lo que la madre replicó: Da igual, tírala en cualquiera. Al menos no la estás tirando en la calle. ¡Apresúrate!
La pequeña no se intimidó. Respondió que la maestra les había dicho en la escuela que separar los residuos es importante para quienes trabajan con ellos y también para ayudar a la naturaleza.
Entonces se dirigió al recipiente correcto y depositó allí la lata.
Enseguida, con una sonrisa en los labios, corrió para reunirse con su madre, que ya se estaba alejando.
Ana se había detenido y observaba la escena sonriendo. Se emocionó al ver a una niña tan pequeña actuar de manera tan correcta y dar una lección a su propia madre. Pensó que, efectivamente, es posible transformar a las personas mediante la educación.
Al llegar al trabajo, decidió inspeccionar los recipientes que ella misma había mandado instalar, de diferentes colores y con rótulos específicos, y comprobó que había residuos depositados de forma incorrecta.
Se detuvo a pensar: ¿Había orientado correctamente a sus empleados?
Se dirigió al computador y consultó, en el sitio web de la alcaldía, las indicaciones correctas para la separación de los residuos. Preparó un resumen e imprimió varias copias. Programó una reunión con el turno de la tarde y otra con el turno de la mañana.
Para su sorpresa, los empleados mostraron mucho interés por el tema, y ella descubrió que les faltaban conocimientos más precisos sobre la correcta separación de los residuos.
Feliz, Ana explicó detalladamente cada uno de los aspectos. La conversación se extendió incluso a los cuidados con los residuos domésticos y a la manera de evitar desperdicios.
La encargada del aseo prometió supervisar los recipientes.
Algunos días después, al recordar lo sucedido, Ana concluyó que, aunque pensaba que ya estaba haciendo su parte, en realidad podía hacer mucho más.
Y se sintió profundamente feliz y agradecida con aquella pequeña niña anónima.
*
La Tierra nos acoge y nos brinda la maravillosa oportunidad de vivir. Tenemos con ella, así como con las generaciones futuras, el compromiso de preservarla, en agradecimiento a la maravillosa obra de Dios, de la cual somos parte fundamental.
Pensemos en ello. ¡Y hagamos también nuestra parte!
Redacción de Momento Espírita, basada en un hecho.
Traducido por el Grupo Momento Espírita de Colombia
El 3.8.2026