Momento Espírita
Curitiba, 06 de Agosto de 2026
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ícone Una nueva partitura

De todos los dolores que padecemos mientras somos astronautas de la nave Tierra, sin duda el más terrible es la muerte.

Esa segadora aparece en momentos inoportunos, cortando las ramas de la alegría de nuestra existencia. En el apogeo de una conquista, al celebrar una victoria alcanzada después de años de estudio, llega y nos arrebata al ser amado.

Por lo general, en esos momentos sentimos que nubes oscuras se ciernen sobre nuestras cabezas, como aquellas que anuncian tormentas devastadoras.

Nos decimos cristianos, seguidores de aquel Nazareno que demostró que la muerte es solamente un intervalo entre el ahora y el reencuentro que vendrá después.

Detengámonos a reflexionar sobre esta enseñanza. Él demostró que la tumba es apenas una puerta de salida.

No se trata de un abismo sin fin, sino del despertar de un ave que finalmente descubre que tiene alas. Recordemos a la oruga que abandona el capullo para transformarse en una espléndida mariposa de alas multicolores.

La vida nunca cesa. La saudade  duele por la ausencia de la presencia física, de aquella mano que nos tocaba, de aquel abrazo, de aquella sonrisa.

Sin embargo, la separación es un hasta pronto, no una despedida eterna. Los afectos no mueren. Por el contrario, se vuelven más puros. Aquellos a quienes amamos no fueron tragados por la nada. Solamente cruzaron la frontera antes que nosotros.

La esencia de quienes amamos continúa vibrando. Ellos nos ven, nos sienten y, muchas veces, están a nuestro lado, sosteniendo nuestros pasos cuando las lágrimas nublan nuestra visión.

El reencuentro es una certeza. No se trata de un quizás o de un tal vez. El amor es el imán que garantiza la reunión de las almas.

Volveremos a convivir, volveremos a estar juntos, en algún momento, ya sea pronto o más adelante. Cuando hayamos concluido nuestra tarea, cuando termine nuestra jornada, cuando hayamos cumplido nuestros deberes, nos reencontraremos.

Mientras ese reencuentro  llega, trabajemos en nuestra propia transformación y en la ayuda al prójimo. Transformemos el dolor en servicio.

La saudade es una invitación a convertirnos en mejores personas, para que, el día del abrazo, podamos encontrarnos en la misma sintonía de luz.

El mejor homenaje que podemos rendir a quienes amamos y ya partieron es vivir. Vivir como si no fuéramos a morir mañana, estudiar como si fuéramos a vivir para siempre.

Cada paso hacia la luz es un regalo que enviamos al otro lado de la vida.

El amor es el único equipaje que atraviesa la tumba y el único puente que nos mantiene conectados.

No se trata de una invitación al desapego irresponsable del mundo, sino de un llamado a construir valores éticos y afectivos imperecederos.

Así, cuando la muerte llame a nuestra puerta, que podamos afrontarla con la serenidad del deber cumplido, sabiendo que, si el mundo crea vencedores efímeros, las leyes divinas y la inmortalidad nos hacen invencibles.

Trabajemos con esperanza y vivamos para la eternidad.

No permitamos que la tristeza paralice nuestras manos. Hagamos de nuestro corazón un altar de gratitud, honrando a quienes partieron a través de la bondad que compartimos con quienes caminan a nuestro lado.

La vida es un himno eterno que no se silencia. La muerte es el silencio necesario para que el alma aprenda a cantar con una nueva partitura.

Redacción de Momento Espírita, con transcripción
de frases del artículo
A desmistificação da finitude: uma
abordagem filosófica, histórica e espírita perante a morte,
 de André Henrique de Siqueira.
Traducido por el Grupo Momento Espírita de Colombia
El 3.8.2026

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