Muchos de quienes comenzamos a comprender la ley de la reencarnación y construimos nuestros primeros razonamientos sobre las vidas sucesivas nos encontramos con una pregunta:
Si hemos tenido otras encarnaciones, ¿por qué no recordamos nada?
Si estamos aquí para resolver cuestiones del ayer, para dar continuidad a nuestra evolución, ¿no sería más fácil y lógico recordarlo todo?
Es ahí donde entran en acción la Sabiduría y la Bondad Divinas.
Sabiduría, porque Dios nos conoce profundamente y sabe cuáles serían las consecuencias de traer a la memoria un pasado, normalmente, lleno de complicaciones.
La primera consecuencia directa sería una gran perturbación en nuestras relaciones sociales.
Con frecuencia, renacemos en el mismo entorno en el que ya hemos vivido, estableciendo vínculos con las mismas personas, con el fin de reparar el mal que les hayamos causado.
Si nos reconociéramos mutuamente, es posible que el odio despertara nuevamente en nuestro interior. O que nos sintiéramos humillados ante la presencia de aquellas personas a quienes hubiéramos ofendido.
Para mejorarnos, Dios nos ha concedido, precisamente, aquello que necesitamos y nos basta: la voz de la conciencia y las tendencias instintivas. Nos priva de aquello que podría perjudicarnos.
Al nacer, traemos con nosotros lo que hemos adquirido. Nacemos tal como nos hemos hecho. En cada existencia, tenemos un nuevo punto de partida.
Poco importa saber lo que fuimos antes. Nuestras tendencias negativas actuales indican lo que debemos corregir en nosotros mismos. Y es en eso en lo que debemos concentrar toda nuestra atención, pues aquello que ya hemos corregido se encuentra resuelto.
Las buenas resoluciones que tomamos son la voz de la conciencia, advirtiéndonos sobre lo que está bien y lo que está mal, y dándonos fuerzas para resistir las tentaciones.
Existen excepciones, como en toda regla. Durante el desprendimiento del alma en el sueño o en la primera infancia, algunos tenemos acceso a recuerdos importantes, a hechos más graves que, de alguna manera, pueden ayudarnos a resolver cuestiones actuales.
Son casos puntuales, necesidades específicas tratadas como tales.
Como normalmente no recordamos, nos encontramos en la posición de comenzar de nuevo, como si fuera la primera vez.
La Providencia Divina nos concede nuevas oportunidades a través de la reencarnación, proveyendo el paquete completo: un nuevo cuerpo, una nueva identidad, el olvido del pasado y la posibilidad de construir una nueva historia.
¿Cuántos de nosotros, después de desaciertos, de haber seguido caminos difíciles y de haber atravesado dificultades indecibles en esta encarnación, no desearíamos tener ésta oportunidad?
Dios previó esa necesidad y la ha ofrecido a los Espíritus desde el inicio de los tiempos. Establece una serie de existencias corporales para que vivamos experiencias diversas, teniendo siempre nuevos comienzos.
Y nos deja claro que el pasado debe permanecer en el pasado. Que nos influirá, que forma parte de nuestra construcción. Pero lo más importante es aquello que nos proponemos ser ahora y de ahora en adelante.
Nada más bello que contemplar a un bebé recién nacido e imaginar todo esto: un Espíritu milenario que recibe, una vez más, una nueva oportunidad.
¡Dios es verdaderamente maravilloso!
Redacción de Momento Espírita.
Traducido por el Grupo Momento Espírita de Colombia
El 5.8.2026