Muchas veces salimos a buscar la oportunidad de ejercer la caridad en las calles, pero olvidamos las lecciones fundamentales dentro de nuestro propio hogar.
Como nos aconseja el Espíritu Emmanuel, no necesitamos esperar a que el dolor llame a nuestra puerta para permitir que la flor de la compasión florezca en nuestro pecho.
Procuremos ser más cariñosos y amables con nuestros familiares dentro de nuestros hogares. Nuestro hogar es la mejor escuela, donde cada día tenemos múltiples oportunidades de practicar el bien.
Cuando alguien bajo nuestro techo pierda el dominio de sí mismo, respiremos profundamente y ofrezcámosle nuestra silenciosa tolerancia.
Evitemos las palabras duras de acusación cuando un familiar se ausente o tarde un poco más de lo previsto en regresar.
Del mismo modo, no nos irritemos con aquel hermano que terminó dejándose llevar por el orgullo y las ilusiones de la vida.
Como esposo, procuremos disculpar la fragilidad o la irritación de la compañera en aquellos días más grises de la incomprensión. Como esposa, busquemos perdonar las faltas del compañero, ayudándolo a crecer.
Padres y madres, tengamos piedad de nuestros hijos cuando estén dominados por la indisciplina. Hijos, sepamos comprender a nuestros padres cuando sean excesivamente severos.
Es fundamental extender la mano al familiar que se equivocó, para que la situación no empeore.
Recordemos que toda rebeldía nace de nuestra propia ignorancia ante la vida. Hagamos, pues, de nuestras horas en familia un verdadero ejercicio de fraternidad.
Cuando sintamos que la impaciencia o la ira comienzan a dominarnos, procuremos adoptar el silencio como el gran guardián de la paz interior.
Tengamos compasión, siempre. Aunque todo a nuestro alrededor parezca desesperación, amparemos a las personas y esperemos con serenidad, sin quejarnos.
Acostumbrémonos a dejar el mal de lado, haciendo cada día todo el bien que esté a nuestro alcance.
Siempre seremos los mayores beneficiados.
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Recordemos que nacimos con quienes debíamos nacer, por más extraño que eso pueda parecernos en muchas ocasiones.
Algunos nos sentimos desplazados dentro de nuestro grupo familiar. Otros diferimos de manera muy significativa.
Prestemos mucha atención a ello. No siempre quienes encarnamos en una misma familia somos Espíritus afines, atraídos por la simpatía recíproca.
Dios permite que, en las familias, se produzcan encarnaciones de Espíritus antipáticos o extraños, con el doble objetivo de servir de prueba para unos y, para otros, de medio de progreso.
La propuesta del Creador es bastante rica: el contacto con la diversidad y la oportunidad de la reconciliación.
Si solamente buscáramos a quienes piensan como nosotros, a quienes complacen todos nuestros deseos y nos admiran por todo lo que hacemos, muy poco aprenderíamos.
Necesitamos ese contacto con las diferencias, la convivencia con quien piensa de manera distinta, con quien presenta otros puntos de vista.
Observemos cómo, incluso dentro de una misma fraternidad, siendo hijos de los mismos padres, existen diferencias bastante significativas.
Eso no es obra del azar. Solo así mejoramos; solo así nos ayudamos unos a otros. La naturaleza opta por la diversidad, por la diferencia, porque sabe que ella nos impulsa al crecimiento.
Redacción de Momento Espírita, con base en el cap. 13
del libro Alvorada do Reino, por el Espíritu Emmanuel, psicografia
de Francisco Cândido Xavier, ed. IDEAL, y en el cap. IV de
O Evangelho segundo o Espiritismo, de Allan Kardec, ed. FEB.
Traducido por el Grupo Momento Espírita de Colombia
El 5.8.2026