La perfección todavía es un estado bastante distante para la humanidad.
Todos los habitantes de la Tierra poseen imperfecciones morales y cometen errores.
En realidad, errar no constituye un escándalo dentro del contexto de las Leyes Divinas.
Dios no creó a las criaturas perfectas, sino perfectibles.
Los Espíritus encarnan y reencarnan innumerables veces para desarrollar las virtudes cuyo potencial traen en lo más profundo de su ser.
Con el propósito de crecer en voluntad, sabiduría y amor, disponen del libre albedrío.
Si no pudieran elegir, serían simples marionetas.
Y como pueden decidir libremente, es natural que no siempre acierten en sus acciones.
La otra cara de ese proceso de aprendizaje es la responsabilidad.
A medida que se desarrollan la conciencia y la voluntad, la influencia de los instintos primitivos disminuye y la libertad se expande.
Así, la criatura se vuelve cada vez más responsable de sus actos y de sus pensamientos.
Los errores son naturales en quien transita del estado de ignorancia hacia la conciencia y la sabiduría.
Lo único necesario es reparar todos los daños que se hayan causado.
Justamente por ello, negarse a reconocer los propios errores es una señal de inmadurez.
La humildad es un requisito indispensable para el aprendizaje.
Quien se considera infalible y superior a los demás permanece estancado.
Para entrar en armonía con la vida, es necesario comprender y atender la ley del progreso.
Todo el universo es dinámico.
Las especies animales y vegetales se perfeccionan incesantemente.
Incluso la configuración física de la Tierra no permanece estática.
Del mismo modo que las demás especies, el ser humano tiene un papel que desempeñar en el grandioso concierto de la Creación.
Forma parte de la naturaleza y está llamado a ser un agente del progreso.
Pero para impulsar el progreso es indispensable evolucionar constantemente.
Por ello, para no traicionar la misión de su existencia, propóngase ser cada día una mejor persona.
Reconozca sus imperfecciones, pero no se conforme con ellas.
En ocasiones usted yerra, y eso es completamente normal.
Procure aprender de sus errores para no repetirlos una y otra vez.
Asimismo, asuma las consecuencias, sean buenas o malas, de sus actos.
Repare todos los daños que, eventualmente, haya podido causar.
Cumpla con sus obligaciones, salde sus deudas, pida perdón cuando corresponda y restablezca la armonía con sus semejantes.
Sin duda, reconocer un error y rectificar el propio camino exige esfuerzo.
Pero usted vivirá para siempre.
Seguramente anhela llegar a ser, algún día, una persona sabia y en paz consigo misma.
Como nadie puede hacer ese trabajo por usted, comience desde ahora a esforzarse por alcanzar ese ideal.
Cada vez que se niega a reconocer un error, retrasa la realización de su luminoso destino.
Sea consciente de su condición de aprendiz y demuestre buena voluntad y disposición ante la vida.
No se aferre a cosas insignificantes, como la vanidad y el orgullo.
Esas imperfecciones morales solo le causan infelicidad y sufrimiento.
Aprenda a hacer el bien sin ningún interés personal ni motivaciones ocultas.
Ame y respete la vida; sea noble y solidario.
Al principio puede ser necesaria cierta disciplina.
Pero, con el paso del tiempo, ese modo de vivir formará parte de usted, y llegará a convertirse en una persona verdaderamente maravillosa.
He aquí una meta por la que vale la pena luchar.
Redacción de Momento Espírita
Traducido por el Grupo Momento Espírita de Colombia
El 28.7.2026