Dicen que nuestro corazón es nuestro verdadero mástil. El alma es la brújula que apunta, invariablemente, hacia la tierra donde el primer soplo de vida nos acogió.
¿Qué sucede cuando el destino, en sus tramas a veces incomprensibles, nos aleja de ese puerto? ¿Qué siente aquel que, amando las entrañas de su tierra, se ve obligado a contemplar estrellas extranjeras?
Para el patriota, para aquel que lleva en las venas el barro de su ciudad y en la mirada los matices de su horizonte, ser exiliado es vivir en un eterno atardecer.
Es caminar por calles que no conocen su nombre y escuchar una lengua que, aunque hermosa, jamás tendrá la melodía de la canción de cuna materna.
El exiliado es un ser dividido. No pertenece por completo a la tierra que lo acoge, porque sus raíces claman por otra savia. Y ya no pertenece físicamente al suelo amado, convirtiéndose en él en una fotografía que se desvanece en la pared de la nostalgia.
Ser exiliado es sentir el frío de un invierno que no es suyo, buscando el calor de un sol que brilla al otro lado del océano.
El dolor del patriota exiliado se asemeja al del pájaro que, en una jaula de oro, se niega a cantar, porque la belleza del palacio no sustituye la frescura del bosque.
Sin embargo, si la patria es la cuna de las primeras lecciones, el amor por ella es un vínculo que las aguas de ningún mar logran disolver.
El verdadero patriota lleva su tierra dentro de sí. La reconstruye con cada pensamiento, con cada oración, con cada lágrima derramada en silencio.
Planta las flores de su jardín lejano en las macetas de su nueva morada. Cuenta las historias de su pueblo para que el viento las lleve de regreso al hogar.
Comprende, con la madurez que concede el dolor, que ningún hombre es extranjero en el universo de Dios, pero que el corazón siempre tendrá una dirección sagrada, un punto de luz que lo llama por su nombre.
Sin embargo, aunque el cuerpo sufra la privación de su tierra, el Espíritu, alado y libre, realiza la travesía cada noche, en sueños, para reposar bajo la sombra de aquellos árboles de mangos, de pinos o de aquellas palmeras donde la vida, un día, sonrió plena y absoluta.
Por eso lloró en versos el poeta cuando escribió:
Nuestro cielo tiene más estrellas,
Nuestros valles tienen más flores,
Nuestros bosques tienen más vida,
Nuestra vida más amores.
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Todos somos exiliados en la Tierra, temporalmente, procedentes de un mundo que es nuestro inicio y nuestro fin.
El mundo espiritual es el verdadero mundo, normal, primitivo y preexistente al corporal. Es nuestra patria original, donde existimos antes de la vida material.
Por eso, muchas veces, la melancolía nos abraza sin que podamos comprender la causa. Sentimos saudades de donde estuvimos, de donde salimos para entrar en la carne.
Sentimos saudades de los seres amados que no pudieron acompañarnos. Por eso mismo, la bondad divina nos permite, cada noche durante el sueño, desprendernos del cuerpo y transitar por los lugares donde estuvimos antes, contemplando nuevamente escenas de felicidad y abrazando a quienes amamos.
Algunos momentos, cada noche, para alimentar el corazón con los recuerdos de delicados reencuentros.
¿No es Dios verdaderamente extraordinario?
Redacción de Momento Espírita, con base en las preguntas 84 y 85
de El Libro de los Espíritus, de Allan Kardec, edición FEB.
Traducido por el Grupo Momento Espírita de Colombia
El 28.7.2026