Momento Espírita
Curitiba, 21 de Abril de 2021
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Érase una vez un reino que estaba en tierras muy, muy lejanas.

Como todo reino, tenía un rey. Y este rey estaba muy preocupado por su pueblo.

Se trataba de un reino pobre, de pocos recursos. Las personas ganaban su sustento con mucho esfuerzo manual. Las enfermedades las consumían y no tenían ningún confort.

Por eso, el rey decidió traer de otras tierras pensadores, científicos, artistas, filósofos, para sembrar cosas buenas en su reino.

Y así sucedió. Los filósofos trajeron ideas de libertad, de respeto y derechos del prójimo.

Los artistas ofrecieron a la población lo bello, en la música, en las artes plásticas, en los textos que pasaron a encantar corazones y mentes.

Los científicos presentaron la tecnología. Las enfermedades fueron disminuyendo, los dolores físicos aplacando. Incluso la muerte se volvió algo mucho menos cercano.

Los transportes se hicieron más fáciles. Las personas podían comunicarse a distancia. Había calor y luz en todas las casas.

Sin embargo, el rey comenzó a percibir algo extraño. Mientras todo esto era ofrecido al pueblo, las personas se volvían cada vez más egoístas.

Las preocupaciones dominantes eran el trabajo y no la familia. Con el dinero, no con los valores morales.

Poco a poco se fueron aislando, aunque la población del reino fuese ahora mucho más numerosa.

El rey emitió normas, pronunció discursos al pueblo, alertando sobre el camino equivocado que estaban siguiendo. Todo inútil. Fueron años de avisos, de advertencias, sin ningún éxito.

Entonces, el optó por algo drástico, considerando que sus consejos no servían para aquellos corazones.

Buscó, en un bosque oscuro, a una bruja y le pidió que lanzara un hechizo sobre todos, algo que los hiciera despertar.

A partir de ese día, las personas supieron que había una maldición por las calles del reino.

Ellas ya no podían salir tranquilamente, ir de compras o incluso trabajar, pues serían maldecidas. Algunas, se comentaba, incluso podrían morir.

De ese modo, todos se retiraron a sus hogares durante largos días, demoradas semanas.

Y algo extraño pasó a suceder.

Enclaustradas, las personas empezaron a mirar más a su familia, a conversar más.

También pasaron a convivir más consigo mismas, a percibirse, a analizar sus emociones, sus valores. Miraron hacia dentro de sí mismas.

Analizaron cómo estaban llevando sus vidas. Entonces, como por encanto, ese era el verdadero encantamiento lanzado por la bruja, se fueron dando cuenta de la necesidad de cambiar.

La solidaridad, la amistad, la empatía habían resurgido. Valores perdidos fueron reencontrados.

Poco a poco, el reino se hizo mejor. No exactamente debido a nuevos descubrimientos científicos o tecnológicos.

El reino se volvió mejor porque las personas se dieron cuenta de que nada tiene importancia real si somos incapaces de amar a nuestro prójimo, de convivir, de estrechar lazos.

* * *

Las dificultades están en el reino de nuestra intimidad. Y lo que nos ocurre no es resultado de maldiciones. Son encantos en forma de oportunidades que Dios envía para que seamos mejores, más humanos, más amorosos.

¡Aprovechémoslas!

Redacción del Momento Espírita.
El 3.3.2021.

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