Momento Espírita
Curitiba, 04 de Março de 2021
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ícone La prueba del tiempo

En el siglo VI a.C. vivió Creso, rey de Lidia, el hombre más rico del mundo. Gobernaba con sabiduría y prepotencia.

En el esplendor de su gloria, en cierta ocasión recibió en su palacio a uno de los siete sabios de Grecia. Quizás el más grande de todos: Solón.

Para honrarlo debidamente y demostrar todo su poder y riqueza, el rey ordenó preparar un espléndido banquete.

Después lo invitó a visitar las muchas habitaciones de sus tesoros: perlas, esmeraldas, diamantes de todos los quilates, rubíes, estatuas de oro.

Extrañamente, Creso observó que su invitado paseaba por entre aquella riqueza inmensa, con total indiferencia.

Y, ante la afirmación real, que decía ser el hombre más feliz del mundo por ser el más rico, el sabio griego sentenció: Mi rey, nadie podrá jamás considerarse feliz antes de pasar la prueba del tiempo.

Es el tiempo que se encarga de decir si fuimos felices o no. Después de todo, él siempre nos sorprende con lo inesperado.

La vida es una sucesión de acontecimientos que cambian completamente nuestros destinos.

Y completó: No olvidéis que la felicidad está por encima de todo lo que se tiene.

Creso no dio mayor importancia a los consejos recibidos y trató de aumentar aún más su riqueza y su poder.

Sin embargo, después de un tiempo, Ciro, rey de los persas, marchó con su ejército contra Lidia.

Y el rey observó, horrorizado, cómo las tropas enemigas entraban en el palacio, matando a sus mejores soldados.

Arrestado junto con su familia, fue atado con cadenas y llevado por la capital, ahora hecha escombros. Humillado, fue llevado a la plaza central, atado a un poste, sobre pedazos de madera.

Lo iban a quemar vivo. Cuando vio al arquero acercarse con la antorcha para prender fuego a la madera, recordó, como en un flash, la sentencia de Solón: Nadie en el mundo es feliz si no pasa por la prueba del tiempo.

Sí, el tiempo le había traído muchas tristezas: el hijo muerto en un accidente de caza, a los dieciocho años. Su amado hijo, el heredero del trono.

El tiempo también le había brindado con la sordera y el mutismo del hijo menor.

Finalmente, ahora, estaban él, su esposa, su hijo, su corte, todos vencidos, humillados.

¿Qué quedaba de su riqueza, que había sido salvajemente saqueada por los conquistadores?

¿Qué había sido de su palacio, quemado por la saña destructora de los vencedores?

En ese momento, él comprendió que la felicidad no es tener, la felicidad es algo más.

Los bienes, de un momento a otro, pueden ser arrebatados por ladrones o llevados por la furia de la naturaleza.

Las cosas del mundo son efímeras. Ahora estamos sonriendo, pronto podremos estar sumergidos en el mar de las lágrimas porque un accidente nos robó la movilidad o a un ser amado.

O porque la naturaleza gritó, rebelde y destruyó nuestro patrimonio. O una enfermedad terrible nos abrazó y nos robó las energías de la juventud, la sonrisa de la alegría.

Entonces, feliz no es quien tiene. Feliz es quien ama porque el amor canta una primavera dentro del corazón.

Naturalmente, necesitamos algo de dinero, algunos activos, porque carentes de todo, nos desequilibramos.

Sin embargo, se necesita sabiduría para saber poseer y no ser poseído. Ser dueños del dinero, jamás el dinero de nosotros.

Esa es una postura sabia y que nos da tranquilidad, armonía en el vivir, en el transcurso del tiempo.

Pensemos en eso e invirtamos en conquistar la paz y ser felices.

 Redacción del Momento Espírita, basado en
Conferencia de
Divaldo Pereira Franco, hecha
en Porto Alegre, el 7 de noviembre de 2004,
con motivo de la 50ª edición de la Feria del Libro.
El  15.1.2021.

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