Momento Espírita
Curitiba, 24 de Setembro de 2020
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ícone Alguien te lastimó

Estás herido. Alguien hizo algo que te dejó así, decepcionado, molesto, quizás hasta incluso indignado.

Puede haber sido una cosa pequeña, un gesto, una frase extraña, inesperada o una actitud grosera. O incluso la falta de acción en una situación determinada.

Te sientes herido. Claro, has sido dañado. Y duele aún más cuando eso sucede en los momentos que estamos intentando ayudar o haciendo algo de buena voluntad. Es dolor por la ingratitud del otro.

Has estado pensando en eso hace algún tiempo, hace unas horas, hace unos días. A veces te olvidas, pero pronto algo te hace recordar lo que sucedió.

Es una molestia constante, ¿no lo ves? Como si el pensamiento quisiera estar en muchas otras cosas más importantes, pero no lo logra.

Es bueno pensar en una solución.

Primero, es importante entender que estamos en un mundo donde todavía todos tenemos espinas y, por supuesto, estas espinas terminan hiriendo a los más cercanos.

Hoy recibiste una pequeña punzada dolorosa. Mañana será una de tus propias espinas que podrá dañar a alguien.

Otra cuestión que debe ser analizada es nuestra sensibilidad.

Muchos de nosotros, debido a conflictos íntimos, somos hipersensibles, extremadamente susceptibles. Las cosas pequeñas nos afectan y hacemos un escándalo por detalles que no tienen mayor importancia.

Podemos pensar que sí, pero si consultamos a algunas personas, si pedimos consejos, si le preguntamos a nuestra razón, nos daremos cuenta que el monstruo no es tan grande.

Por algún motivo que desconocemos, lo hacemos más grande de lo que realmente es.

Son los melindres, los egos heridos. A veces nos lastimamos y la persona que nos lastimó no tiene la mínima idea de lo que hizo o no hizo, porque simplemente actuó de forma natural, sin querer lastimar.

Somos nosotros los que nos autolastimamos, que nos dejamos rascar al ofrecer una superficie muy frágil, que sí, necesita terapia.

Sin embargo, si todavía tenemos el dolor, si es auténtico, y realmente queremos deshacernos de ese sentimiento malo, necesitamos del proceso de liberación.

No significa esconderlo debajo de la alfombra, o hacer de cuenta que no sucedió, porque eso no resuelve nada, sino ir tras las respuestas en nosotros y en el otro.

¿Por qué pasó eso? ¿No vale la pena tener una conversación? ¿El otro sabe que nos ha lastimado?

A veces, todo puede ser resuelto con una conversación breve y fraterna.

Tal vez entendimos de manera equivocada lo que el otro nos hizo o nos dijo.

Finalmente, comprendamos y perdonemos. Dejemos de pensar mal del otro. Elijamos nuevos pensamientos. Reemplacemos los sucesos negativos por los recuerdos positivos de esa persona.

E incluso, si es posible, si podemos poner la otra mejilla, la faz del amor, aún mejor. Devolvamos la ofensa con favores, con una palabra amigable.

Aunque sea difícil al principio, entendamos que es un proceso terapéutico en el que sustituimos la molestia, el rencor, la rebeldía, por la indulgencia y por la generosidad.

No guardemos veneno en nosotros. No permitamos que el grano de polvo se convierta en un mar de lodo.

La vida es más grande que esos pequeños problemas.

 Redacción del Momento Espírita.
El 13.8.2020.

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