Momento Espírita
Curitiba, 29 de Outubro de 2020
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ícone Cuando llega el otoño

Cuando llega el otoño, las hojas de los árboles cambian sus tonos de verde a una variedad incomparable de colores.

Si la primavera es una explosión de flores y perfumes, la temporada del otoño es de los colores más exuberantes.

La impresión que se tiene es que algunos árboles disputan entre sí cuál se va a vestir con el color más exótico. Observamos sus hojas y es difícil decir el color verdadero, ya que se muestran en tonos que varían entre el naranja, el amarillo y el rojo.

Algunas presentan una mezcla de cobre y gris, lo que nos hace casi extáticos al contemplarlas.

Y se quedarán así, cambiando los tonos, sorprendiéndonos todos los días, durante los meses en que se preparan para vestirse de invierno.

Otras simplemente van, gradualmente, tirándose al suelo, una por una, como en un desmayo constante, desnudando las ramas y formando arabescos y alfombras en las aceras, plazas y calles.

En nuestras vidas, las estaciones también se presentan. Y en el otoño de la edad, algunos de nosotros decidimos dejar de vivir.

Observamos la cara, que presenta las líneas formadas por el tiempo y decimos que estamos al final de la vida.

La juventud pasó. El entusiasmo pasó. La alegría de vivir pasó. Los sueños fueron almacenados para siempre.

A veces, algo dramáticos, incluso agregamos: Ahora, solo falta esperar la muerte.

Y si somos incentivados a aprovechar las horas que tenemos, con lecturas, estudio, algo que nos ilustre un poco más, invocamos las vacilaciones de la memoria, las dificultades de guardar informaciones.

Un verdadero declive. Sin embargo, deberíamos aprender de la naturaleza.

La primavera es la estación de las flores, de los días templados, de la profusión de frutos que se extienden por los huertos.

En verano, los colores cálidos se presentan con todo el vigor. Los arbustos con su perennidad se visten de un verde más intenso.

En los parterres, las flores se turnan en colores y perfumes.

Y cuando llega el invierno, ella se deja desvestir por los vientos helados, las lluvias insistentes, por la escarcha que se extiende blanca y fría.

Parece quedarse dormida. Es una especie de reclusión para, luego, despertar gloriosamente con los besos de la primavera que se permite repetir en belleza y colores.

Y la temporada de otoño es exactamente la de los días lentos, del sol cálido y perezoso, de las hojas que caen.

Podríamos vivir así. Considerando la infancia como la primavera. Época de aprovechar toda la diversión, los días sin preocupaciones y abundancia de horas.

Luego, en la madurez del verano, mostramos nuestras producciones, marcando nuestro paso por el mundo.

Y en el otoño, aprovechamos la oportunidad para demostrar todos nuestros matices, logrados durante las primeras estaciones.

Demostrar nuestra habilidad como profesional, que ha pasado por los años, esmerándose en la calificación; como un ser humano que experimentó días difíciles, experimentó la alegría y la tristeza, fue testigo del progreso que se avecinaba y necesitó adaptarse.

Demostrar nuestra cualidad de amante de las cosas bellas, que se dedica durante horas para contemplar los días de luz.

Pensemos en ello y vivamos mejor esta temporada de otoño que a veces nos llega con algunas limitaciones, pero ciertamente llena de oportunidades para disfrutar cada hora en su totalidad.

Usemos sabiamente el tiempo que tenemos, conviviendo con la familia más de cerca, compartiendo los logros alcanzados.

 

Redacción del Momento Espírita.
El 14.7.2020.

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