Momento Espírita
Curitiba, 27 de Setembro de 2020
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ícone La felicidad de las madres

  

En el Día de la Madre, cuando ocurren tantos homenajes, una niña escribió: Toda mi vida he escuchado: “Si el hijo está feliz, la madre está feliz. ¡Todo lo que quiero es ver a mi hijo feliz!”

Francamente, es imposible creer en eso.

Si fuera verdad, yo habría podido comer toda aquella barra de chocolate. Eso me habría hecho muy feliz.

Pero ella no me dejó. Cortó mi felicidad por la mitad.

Cuando quise pasar la noche en el videojuego, estaba en el apogeo de mi felicidad. Pero ella no me entendió. ¿Acaso ella pensó en mi felicidad? Por supuesto que no.

Ella dijo que contaría hasta tres y me hizo apagar el televisor, en medio de la última fase del juego.

Si hubiera sinceridad en su deseo de verme feliz, me habría dejado salir en lugar de estudiar.

¿Cómo pudo ella prohibirme salir y obligarme a pasar horas con los libros, cuando todo lo que me haría feliz, en aquel momento, estaba afuera?

El sol estaba afuera. El novio estaba afuera. Los amigos estaban divirtiéndose. Todos... excepto yo.

Como siempre, lo que yo escuchaba era: “No eres como todos los demás. Eres mi hija.”

Y aquel día, cuando llegué llorando porque había sido tratada injustamente por los amigos, ella dijo: "¡Debes haber hecho algo para merecer eso!"

¡Qué insensible! ¿Ella no sabía que me haría feliz si se hubiera unido a mí para decirme que tenía razón?

Incluso para que me ayudara a encontrar mil defectos en ellos.

Las madres dicen que quieren vernos felices. En realidad, también quieren que hagamos la cama, lavemos los platos, saquemos la basura, cuidemos de los hermanos. Y, además, nos obligan a comer lo que dicen que es saludable.

Garantizo que la mayoría de los hijos piensan como yo.

* * *

Eso es. Así pensamos hasta que nos convertimos en madres. Cuando la vida nos regala con un hijo, pasamos a ver las cosas de manera muy diferente.

El no de la barra de chocolate pasa a ser entendido como un a la disciplina alimentaria. El no a los videojuegos se convierte en un a las horas irremplazables de sueño.

El no al novio, no es un no a las citas, es un al futuro.

Entonces entendemos y agradecemos cada actitud de nuestra madre, porque todas sirvieron para hacernos mejores.

Hoy, cuando nuestra madre nos mira con orgullo y sonríe, incluso cuando las cosas no son fáciles, logramos entender el significado de aquella frase repetida incansablemente a lo largo de la vida: "Si eres feliz, yo estaré feliz".

No hay nada más grande que el amor de una madre. Tampoco nada más gratificante que descubrir, en sus ojos, la felicidad de ver que su hijo está bien en este mundo.

Agradezcamos a nuestra madre por lo que ha hecho por nosotros, por habernos transformado en un barco fuerte para pasar por todas las tormentas.

Agradezcamos por habernos acogido con una mesa generosa cuando llegamos a tierra firme con el alma sedienta de amor y el corazón hambriento de afecto.

¡Agradezcamos por el mejor regazo del mundo y por la más maravillosa sonrisa que pueda verse!

Y, naturalmente, nos quedamos disgustadas cuando ella está lejos. ¡La queremos cerca de nosotros para que siga diciendo los benditos no a esa criatura que está dentro de nosotros, que nunca deja de aprender!

¡Te amamos, mamá!

 

Redacción del Momento Espírita, basado en un
texto escrito por Luciana Goldschmidt Costa.
El 22.6.2020.

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