Momento Espírita
Curitiba, 15 de Novembro de 2018
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ícone En la hora más amarga

Ella es así. Llega cuando uno está en el auge de la alegría, cuando los planes son muchos y se espera lo jamás alcanzado.

Llega y derrumba sueños, destruye placeres idealizados, consume de dolor a los que permanecen.

Cuenta la actriz Helen Hayes su inconformidad con la muerte de su hija, de apenas diecinueve años, llevada por una crisis de poliomielitis.

¿Por qué? – Gritaba su corazón. Mi hija era joven e inocente, ¿por qué razón fue llevada de esta forma, en vísperas de su estreno en la carrera teatral, en Nueva York?

Ella misma, envuelta en luto, abandonó la carrera artística. ¿Cómo podría crear belleza en los escenarios, si estaba muerta por dentro?

Comenzó a rechazar compromisos sociales y profesionales, limitándose a recibir a las personas más íntimas de la familia.

Intentó encontrar a Dios en la literatura. Leyó a Santo Tomás de Aquino, la vida y la obra de Gandhi, la Biblia.

Sin embargo, todo sin éxito. Su hija estaba muerta y ella solo conseguía ver sombras espesas en el mundo, en su vida.

Pero Dios tiene formas extrañas de informar de Su existencia y socorrer a Sus hijos.

Fue entonces cuando un tal Isaac Frantz empezó a llamar diariamente a su casa, intentando hablarle. Helen nunca le atendió.

Finalmente, como no desistía, ella concordó en recibirle en su casa. Él llegó con su esposa.     

Y fue al inicio del diálogo que la actriz entendió el motivo de la visita de la pareja.

La idea había sido de Isaac, incluso sin el conocimiento de su esposa, que se había quedado aterrorizada al saber del compromiso.

Sin embargo, había venido, considerando que su marido había tenido mucha dificultad para agendar el encuentro.

Lo que sorprendió a Helen fue la espontaneidad con la que el visitante empezó a hablar de su hijo, desencarnado hacía poco tiempo, víctima de una parálisis cerebral infantil.

Súbitamente, Helen percibió que ella misma estaba mencionando el nombre de su hija, lo que no había hecho desde su muerte.

Y eso, emocionalmente, alivió su corazón. Entretanto, lo que la escandalizó fue escuchar a la visitante decirle que tenía intención de adoptar a un huérfano de Israel.

La señora Frantz, delicadamente, le dijo: ¿Señora Helen, está usted pensando que este huérfano va a tomar el lugar de mi hijo?

Esto jamás podrá ocurrir. Sin embargo, todavía hay amor en mi corazón y no deseo que este sentimiento se pierda por falta de uso.

No puedo morir, emocionalmente, porque mi hijo murió biológicamente. No debo amar menos porque físicamente el afecto de mi corazón ha desaparecido. Debo amar aún más, porque mi corazón conoce el sufrimiento de los que perdieron a su ser querido.

Cuando la pareja se despidió, al término de la visita, Helen comprendió por qué no había encontrado a Dios anteriormente.

Es que Él, el Dios Amor, no está en las páginas de un libro. Reside en el corazón humano.

También reconoció que Dios a nadie privilegia. Personas famosas o casi anónimas, todas son iguales delante de Su amor y de Su Justicia.

*  *  *

En la hora más amarga, serán la resignación dinámica y la búsqueda de Dios que podrán aplacar el dolor y establecer nuevas directrices para la continuidad de la vida.

Al final, la aurora se hace extraordinaria, expandiéndose en colores, cada día. Y nos invita a amar, a no permitir que este sentimiento se seque en nuestra intimidad.

Porque Dios es amor, por amor nos creó y nos sustenta.

Redacción del Momento Espírita, con base en el artículo
Desencarnação de um ente querido, de José Couto Ferraz,
de la revista
Presença Espírita n°317,
de noviembre/diciembre 2016, ed LEAL.
Le 23.10.2018.

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