Momento Espírita
Curitiba, 12 de Dezembro de 2018
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ícone Maratonistas de la vida

Fue alrededor del año 2.500 a.C. que los griegos idealizaron festivales deportivos, en homenaje a Zeus, en el santuario de Olimpia, lo que originó el término Olimpíada.

El evento era tan importante, que incluso interrumpía las guerras en curso.

El vencedor recibía una corona de laureles o de hojas de oliva.

La primera Olimpíada de la Era Moderna ocurrió en 1896, en Atenas, con la participación de catorce países.

En las Olimpíadas, que se realizan cada cuatro años, se registra siempre algún hecho saliente.

En el evento de 1984, en Los Ángeles, no fue diferente.Por primera vez, fue incluida el maratón para las mujeres.

Si los juegos se destacaron por la organización y la ceremonia de apertura, con desfiles y música ejecutados a la perfección por centenares de participantes, una mujer atrajo las miradas del mundo entero.

Posiblemente, pocos se acuerden quién ganó el oro olímpico en el maratón femenino. Sin embargo, es inolvidable la escena de la suiza Gabriele Andersen Scheiss, llegando al estadio, tambaleando, mucho tiempo después de la vencedora haber sido ovacionada.

Demostrando extremo cansancio, como desorientada, ella no corría, andaba y con dificultad. Oscilaba a un lado y a otro.

Una mujer delgada, una figura extraña en aquel modo de caminar, que demostraba estar sintiendo intensos dolores. Extraña, pero decidida a alcanzar su propósito.

Al lado de la pista, dos jueces acompañándola paso a paso, listos para ampararla, si acaso se cayera.

Estaban allí, pero no podían intervenir, pues ello la descalificaría.

El estadio se quedó en silencio ante la escena inusitada. Después, con aplausos rítmicos, como marcando cada paso, comenzó a incentivar a Gabriele. Ella no desistió.

Concluyó los últimos cien metros en cinco minutos y cuarenta y cuatro segundos y quedó en trigésimo séptimo lugar.

Sin embargo, la ovación que recibió fue enorme. Al dar el último paso, antes de caer, fue amparada por los monitores de la prueba.

Ella no consiguió ninguna medalla, pero venció el desafío que se había propuesto: llegar hasta el final.

*     *     *

En la vida, como en el maratón, un propósito debe movernos: concluir, realizar todo el recorrido, con honor, aunque lleguemos desechos, con dolores en el cuerpo y en el alma.

Todos nacemos y renacemos para ser vencedores. Nadie viene al mundo para ser un perdedor, para desistir de la lucha.

Los que alcanzan esta victoria, los que pasan por las pruebas, los que las vencen, aunque lleguen tambaleantes, son llamados completistas.

Cuando, después de la muerte física, llegan al mundo espiritual, son ovacionados como lo fue Gabriele, en aquel lejano día de 1984.

Como ella, en los metros finales, podremos estar cansados, con calambres en el alma por tantos dolores soportados. A nuestro lado, vibrando, insuflándonos buen ánimo, nuestros ángeles de la guarda, nuestros amigos espirituales.

Están allí, listos para ampararnos, en caso de que lleguemos a sucumbir, aunque sin intervenir directamente, porque el mérito de la batalla ganada debe ser exclusivamente nuestro.

Pensemos en eso y, como Gabriele, no desistamos. Luchemos, perseveremos.

Pensemos: si los dolores son muy intensos, es señal de que el final está cerca. Muy cerca.

Y la victoria nos pertenecerá.

 Vamos. Un paso más. Seamos vencedores en el maratón de la vida.

Nuestros amores esperan por eso. El Padre Celestial está seguro de ello. Prosigamos. Solo un paso más. Hoy. Ahora.

Redacción  del Momento Espírita.
En 7.8.2018.

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