Momento Espírita
Curitiba, 18 de Dezembro de 2018
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ícone Casas viejas, viejas casas

Frecuentemente, cuando se viaja por el sur de Brasil, encontramos viejas casas de madera.

No se trata de casas que, por alguna razón, hayan sido inscritas en el patrimonio histórico sino, simplemente, casas antiguas.

La madera envejecida, las tejas de barro ennegrecidas por la intemperie y el pasar de los años, la pintura un tanto desteñida.

En algunas, todavía persisten las latas vacías de aceite de cocina abiertas, colgadas con esmero, llenas de flores. Macetas improvisadas que resistieron el tiempo.

Mientras el coche va haciendo kilómetros, permanecemos observando, lo que nos lleva a pensar en cuántos amores allí vivieron.

Cuántas vidas nacieron entre aquellas paredes, cuántos niños cantaron, jugaron, gritaron, se divirtieron, corriendo de un lado a otro, saliendo por la puerta delantera, dando la vuelta por el jardín y entrando por la de atrás.

Cuántos padres vieron a sus hijos partir, mirándolos hasta que desaparecían en la curva del camino, desde allí, desde la puerta del jardín, también de madera.

Hijos que no volvieron a casa, por alcanzar caminos extranjeros, conquistando laureles. O por haber ingresado en el mundo espiritual, llevados por la muerte.

Cuántos matrimonios envejecieron juntos, viendo cómo el progreso se adueñaba de las plantaciones, de los caminos, del mundo.

Cuántos dramas habrán soportado aquellas paredes, que permanecen en pie, desafiando los años que se suman y se multiplican.

Algunas, un tanto abandonadas, se presentan tomadas por las enredaderas que las abrazan, como deseando retener allí todo el amor que fue vivido, todas las risas y las alegrías experimentadas.

Queda la madera cubierta por el verde que insiste en apoderarse de los espacios, cada vez más, como diciendo: Si nadie más reside aquí, haré mía esta morada.

O tal vez porque, al descubrir la riqueza aún presente de las vidas, desea nutrirse de ella y preservar esas vibraciones tan felices entre las ramas que esparce.

*   *   *

Casas viejas. Viejas casas.

Mirándolas, reflexionamos en cómo, a veces, nos estresamos, nos preocupamos con tantas cosas pequeñas, sin importancia.

Nos peleamos, nos desentendemos porque queremos imponer nuestra voluntad. Discutimos porque el cuadro debería ser colgado en este lugar y no en aquél.

Creamos un clima tenso, porque no aprobamos el color de la pintura que otros han elegido para nuestra casa.

Lloramos porque el sofá de la sala se ha manchado, la fina porcelana se ha roto, la maceta se ha quebrado.

Y, entretanto, la vida pasa muy rápido. Y todo lo que es material y por lo cual nos empeñamos, queda atrás.

Alguien, después de nuestra partida, asumirá ese patrimonio y lo modificará, a su voluntad.

Cuidará de su conservación o lo transferirá, o lo abandonará.

O tal vez, no tengamos realmente a quién legar todo lo que, celosamente, guardamos, y de lo que ni siquiera utilizamos de forma adecuada, para no desgastarlo, para no desvalorizarlo.

Pensemos en eso y aprendamos a disfrutar de los bienes materiales que la Divinidad nos permite poseer.

Ellos existen para darnos placer, confort, amparo, protección.

Y, verdaderamente, empeñémonos en acumular tesoros del alma, los únicos que llevaremos con nosotros, cuando la muerte llegue, invitándonos a adentrarnos en la Espiritualidad, otra vez…

Pensemos en eso, ahora.

Redacción del Momento Espírita.
En 15.5.2018.

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