Momento Espírita
Curitiba, 17 de Julho de 2018
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ícone La visita de Jesús

Para aquellos niños, la Navidad era una fecha algo triste. La casa era pobre y tenía solamente algunos utensilios de cocina, un sofá antiguo, un televisor.

Ellos sabían que la Navidad estaba llegando, por los interminables anuncios televisivos que convidaban a comprar muchos y muchos juguetes, regalos maravillosamente envueltos, cajas preciosísimas. Y había siempre novedades, que llenaban la visión.

Además de eso, las telenovelas, las películas, los dibujos animados, todo recordaba la Navidad. Y había cena con mucha comida, dulces, panes, refrescos, zumos.

Todo aquello les hacía agua la boca, pero quedaba muy distante de su realidad. El salario de su padre cubría las necesidades básicas, nada más. Ni siquiera un regalo podría ser pensado, soñado. Ninguno, por pequeño que fuera.

Había algo, entretanto, especial en la Nochebuena. La madre, que siempre preparaba el plato de cada uno, para dividirlo todo equitativamente, en esa cena dibujaba un corazón con la comida.

Ella colocaba el arroz en medio del plato e iba separándolo con los dedos hacia el borde, hasta formar un corazón vacío en el medio.

Entonces, rellenaba el dibujo con una concha de porotos y, si hubiese cualquier cosita más, tal vez alguna mezcla, la colocaba justo al lado, para no estropear el contorno.

Todos se reunían alrededor de la mesa y oraban, repitiendo las palabras de la madre: Jesús, ¡qué bueno que has llegado!

Y se recogían en la Noche Santa, pensando en aquel Jesús que había nacido en un establo, Luz del mundo, Rey de la vida.

Pero recientemente, la madre de la familia había participado en talleres de costura y culinaria.

Y la vida de la familia mejoró. La costura y la culinaria comenzaron a rendir frutos casi de inmediato. El panorama se alteró.

Entonces, en la última Navidad, aunque sin árbol adornado con bolas y velas coloridas, sin paquetes de regalo, algo muy especial ocurrió.

El padre confeccionó un gran cartel y lo puso delante de la casa, con la frase: ¡Qué bueno que has llegado!

En la cocina, mucho movimiento. Parecía que se cocinaba para un batallón. Y, ante la indagación de los niños, la madre aclaró:

Jesús viene a cenar hoy, mis amores. Su padre y yo lo invitamos personalmente. Él vendrá con hambre y sed. Necesitamos estar preparados.

Mientras caía la noche, fue llegando Jesús, ya sea con ropa simple, con barba, sin barba. Y los niños fueron descubriendo que Jesús era negro. Era blanco. Era hombre. Era niño. Era mujer.

Y cada uno recibía aquel plato con un corazón de arroz, lleno de porotos. Y sonreía. Y se deleitaba.

Algunos, cuando sonreían delante del plato calentito, mostraban la boca con pocos dientes.

Creo que por eso la madre hizo una comida que no necesitaba ser masticada tanto. – Pensó la más pequeña.

Faltando poco para la medianoche, la familia se reunió para agradecer. La oración se elevó en un coro: Jesús, ¡qué bueno que has llegado!

Y la alegría de la verdadera Navidad iluminó a todos los corazones. La casa parecía un palacio hecho de luz.

Quien tuviera un poco de sensibilidad para percibir lo que ocurría más allá de la materia, hubiese podido oír el cántico celestial repitiendo: Gloria a Dios en las alturas. Paz en la Tierra, buena voluntad para con los hombres.

 

Redacción del Momento Espírita, con base en el artículo
Que bom que você chegou, de Ana Guimarães, de la
RevistaCultura Espírita, de diciembre 2016.
En 29.1.2018.

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