Momento Espírita
Curitiba, 17 de Agosto de 2017
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ícone Perdonarse a si mismo

Cuando Ava descubrió que estaba embarazada, tuvo un choque. Había tomado las precauciones necesarias, pero algo no había salido como estaba planeado.

Era demasiado joven. Pensó en los planes que había construido para el futuro, en los viajes que quería hacer, en los cursos, en el empleo soñado. Nada de eso sería posible si tuviera que dedicarse a la maternidad.

Ella creía que para realizar lo que tanto anhelaba, no sería posible constituir una familia.

La idea de tener un hijo era asustadora e inaceptable. Se decidió por el aborto.

No se lo dijo a nadie. Simplemente comunicó la decisión al novio, que se mostró bastante aliviado. Tampoco él quería hijos.

A pesar de ser cristiana y tener conciencia de que estaba a punto de cometer un crimen que violaba las leyes humanas y Divinas, no se echó atrás. El pavor que sentía era más fuerte que sus creencias.

En silencio, buscó una clínica y se sometió a un procedimiento que interrumpió el embarazo.

Los años pasaron. Ava estudió, se formó, viajó, construyó la tan soñada carrera. Pero no era feliz. El remordimiento la acompañaba todo el tiempo. Cuando veía a una madre con su hijo, pensaba en aquél que había impedido nacer.

Y así fue creando en si misma un sentimiento destructivo, potencializado por la acción de otros pensamientos negativos.

La vida le trajo muchos infortunios y Ava, bajo el peso de los errores, de la culpa, de la negligencia, del alejamiento del bien, de la falta de oración, se dejó envolver en una negatividad aflictiva y creciente.

Una noche, angustiada y pensando en quitarse la propia vida, oyó por la radio un mensaje, que parecía haber sido escrito y dictado para ella.

Aquellas palabras hablaban de amor, perdón y autoperdón. Una frase, en particular, le hizo detener el coche y echar fuera, llorando, toda la culpa, el dolor y el miedo que sentía. El mensaje decía:

Tened amor ardiente unos hacia los otros; porque el amor cubre una multitud de pecados.

Las palabras del Apóstol Pedro se anidaron en su ser íntimo y Ava percibió que, aún siendo imposible volver en el tiempo y revertir el error, ella podría cambiar la forma como venía actuando y pensando, compensando todo el mal causado, con amor sincero, verdadero y desinteresado hacia los que sufrían.

Buscó ayuda fraterna en una Casa Espírita. Fue aconsejada y orientada. Inició estudios y trabajos voluntarios.

Pasó a dedicar la mayor parte de su tiempo a ayudar al prójimo.

Oraba siempre, con fervor, y pedía fuerzas a Dios. Luchaba para erradicar sus defectos y fortalecer sus cualidades.

Comprendió la necesidad de perdonar a todas las personas que la habían herido y pedir perdón a aquellas que había ofendido, agredido, herido, en esta y en otras existencias.

Y así se fue procesando en Ava una transformación.

Movida por el amor, por la fe en Dios y en Su amor, por la voluntad de ser alguien mejor, se volvió una persona más equilibrada, más fuerte.

Sabía que su error había sido grave y que respondería por él. Pero también sabía que Dios la amparaba e inspiraba a buscar lo mejor en si misma, perfeccionándose y transformándose cada día.

Pensemos en eso: ningún error es irreparable, sin embargo, nos cabe velar para no reincidir en la misma falta.

Redacción del Momento Espírita.
En 27.6.2017.

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