Momento Espírita
Curitiba, 22 de Setembro de 2017
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ícone Nuestros ancianos

Lo hemos visto más de una vez. Camina por las calles de la ciudad, empujando un carrito, de esos que se usan para recoger papeles.

Trae el cuerpo arqueado bajo el peso de los años y, a veces, no sabemos exactamente si es él quien conduce el carrito de papeles o si es este que lo lleva de un lado a otro, estableciendo la dirección a seguir, tal es la dificultad que se observa en aquel hombre.

Los días fríos lo sorprenden en la calle y, al final del día, entra en la pequeña tienda del barrio para comprar un panecillo, un huevo, un paquete de harina de maíz.

Cuando sonríe, aparecen sus pocos dientes amarillentos y gastados. Necesitaría mucho un dentista.

En los días de invierno, cuando extiende su mano un poco envuelta en paños para disfrazar el frío, se puede percibir el color violáceo de aquellos que tienen dificultades de circulación sanguínea.

Sus ojos no son tan ágiles y precisos como en la juventud y él calcula mal el tiempo que tarda en pasar de un lado a otro de la calle llevando su carrito lleno de cajas, papeles y periódicos.

Pero sus oídos permanecen atentos y puede escuchar muy bien los bocinazos nerviosos de los coches que pasan guiados por conductores apresurados, que no se dan cuenta de su dificultad.

Es un recolector de papel. Viejo y cansado. Mirándolo tan indefenso y tratando de sobrevivir con un poco de dignidad, pues se enorgullece de decir que todavía trabaja a pesar de su edad, recordamos a nuestros ancianos.

Los que disfrutamos de la felicidad de tener a los abuelos a nuestro lado, los cuidamos con cariño en la comodidad del hogar y nos preocupamos con sus comidas. Observando que ellos ya no se alimentan como deberían, les preparamos durante el día vasos de jugo y vitaminas.

Elegimos huevos frescos y se los ofrecemos calientes, batidos, junto con otros suplementos vitamínicos con el fin de que no se debiliten.

Y si se enferman, buscamos inmediatamente al médico, el medicamento, la hospitalización, lo que sea necesario.

Son nuestros ancianos que reciben nuestra atención y nuestra ternura, en forma de abrazos y caricias en las cabelleras blancas.

¿Y esos otros, perdidos en las calles de la ciudad? ¿Qué hacemos por ellos?

Es de la Ley de la Caridad que el fuerte trabaje por el débil, que el joven auxilie al anciano. Cuando éste no tiene familia o quien lo auxilie, es la sociedad que debe ampararlo.

Como la sociedad somos todos nosotros, los ciudadanos, volvamos nuestros ojos a los que viven sus últimos años en el abandono y tomemos resoluciones firmes.

No aguardemos a que el gobierno lo haga. La solución puede tardar un poco más y la necesidad es urgente.

¿Qué tal si pensamos en la adopción de un anciano? No habrá necesidad de que lo llevemos a casa, pero bien podemos verificar las condiciones de su chabola y mejorarla.

Providenciar frazadas calientes, alimentación adecuada, visitarlo, hacerlo sentirse persona y persona importante de nuevo.

*   *   *

El hombre tiene el derecho a reposar en la vejez.

No debe ser obligado a nada, más allá de lo que le permitan sus fuerzas.

Es importante que el anciano se sienta útil, querido, amado.

Finalmente, muchos de sus amigos ya han partido hacia la Espiritualidad, y algunos de sus hijos se encuentran distantes cuidando de su propia vida.

Si no le damos una razón para vivir, para ser feliz, él se llenará de tristeza, se sumergirá en la depresión y más temprano, mucho más temprano, partirá triste y abatido.

Recordemos: todo anciano un día fue joven, productivo, contribuyó con la sociedad de alguna manera. ¿Merecerá concluir sus días en la Tierra en total e incómodo abandono?

Redacción del Momento Espírita con
pensamientos de los ítems 685 y 685ª de
El Libro
de los Espíritus, de Allan Kardec, ed. FEB.
En 18.8.2016.

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