Momento Espírita
Curitiba, 25 de Junho de 2018
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ícone A la espera de sus padres

     La dama de la alta sociedad solía desfilar en su carruaje de lujo por las calles de San Francisco, mirada con admiración y envidia.

     Un día, los periódicos publicaron la muerte de una tía suya, y ella, obedeciendo a las convenciones sociales tuvo que permanecer en su hogar durante una semana.

     Indignada al tener que quedarse siete días dentro del enorme palacio, buscó a su marido, que era el  Gobernador del Estado y él le hizo recordar que podría pasar esos días jugando con su hijo.

     A ella le gustó la idea y se dirigió entonces al sector izquierdo del palacio, espacio que había sido liberado para el pequeño príncipe, que vivía rodeado por profesionales de distintas nacionalidades para que le enseñaran idiomas y costumbres de otros pueblos.

     Cuando el pequeño Leland vio a su madre, se alborozó muchísimo y le preguntó por qué estaba allí ese día y a esa hora no habituales.

Ella le contó el motivo, feliz, él le preguntó cuántas tías aún le quedaban.

     Leland estaba sentado al piano tocando una balada que había aprendido con el ama francesa.  La madre, impresionada,  escuchó  por algunos instantes la melodía que lanzaba al aire acordes melancólicos.  Le pidió al hijo que cantara, y él accedió. Le pidió también que tradujera la canción y lo hizo estupendamente.

     Era la historia de un chico, que iba diariamente con su madre hasta la playa, desde donde ambos, veían alejarse, hasta desaparecer en la línea del horizonte, el barco pesquero de su padre. Todos los días se repetía la escena , hasta que un cierto día el  barco no regresó.

     La madre le pidió a su hijo que la esperase allí, pues iría a buscar al marido.  Se internó en el mar y nunca más volvió.  El chico, quedó a la espera de su madre y de su padre, pero jamás regresaron.

     La balada conmovió a la gran dama. Le comentó al hijo que era muy triste. A su vez él le contestó que la cantaba porque se identificaba con el chico de la playa. La madre no entendió la semejanza  y le dijo:

- Tú tienes todo. No te hace falta nada. Tienes madre y padre y eres el heredero de uno de los hombres más importantes de este Estado.

     Leland respondió con un cierto aire de tristeza:

     - Papá entró hace muchos años en el mar de los negocios y nunca puedo verlo.

     - Tú lo seguiste y yo me quedé aquí a la espera de un regreso que nunca sucede. Como puedes darte cuenta, mi historia es muy parecida con la del chico de la playa.    

     A partir de aquel día, la dama empezó a convivir más con el hijo de once años. Lo conoció mejor y aprendió a amarlo.

     El cariño y las caricias maternas le dieron a Leland un brillo nuevo. Durante algún tiempo la vida les permitió disfrutar la alegría del afecto mutuo, las experiencias vividas, uno en compañía del otro.

     Hicieron un largo viaje en barco, y Leland se enfermó. Su madre hizo todo lo que estuvo a su alcance para salvarle la vida, pero fue en vano.

     El buque regresó y Leland no pudo más contemplar a su madre con los ojos físicos.

     Sin embargo, en ese breve tiempo de convivencia, el chico le enseño a la madre otros valores.

     Ella construyó orfanatos y otras obras de asistencia para la comunidad carente.

     Leland no heredó la fortuna de sus padres, pero la fortuna rinde frutos hasta nuestros días, para la sociedad de ese estado. Entre ellos, la Universidad Stanford.

 

  No hay motivos que justifiquen el abandono de los hijos por parte de los padres.

     No hay hijos que acepten, de buena gana y conscientemente, reemplazar el afecto de los padres por cualquier otro tesoro.

     ¡Pensemos  en eso!

 

      (Basado en conferencia impartida por  Divaldo Pereira Franco)

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